EL FUTURO DEL PASADO. ¿PERDÓN?, ¿RECONCILIACIÓN?

LOS HUMANOS Y EL TIEMPO

Jorge Manrique, 1440-1479

  Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s’es ido
  e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
  por passado.
  Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
  lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de passar
  por tal manera.

Copla II. Coplas por la muerte de su padre. Escritas con posterioridad a 1476. Elegía o planto.

 

No se trata de evocar a los gurús del “aquí y ahora” y el universo del “mindfulness” -muy respetables, cuando menos, en la medida que proporcionan tranquilidad a sus practicantes-, ni hacer un viaje a la India o al reino de Bután, sino recordar las grandes reflexiones de aquellos que, mucho antes del imperio del “new age” o la “espiritualidad parareligiosa”, ya profundizaron en la relación humana con el tiempo y su sentido último: “tempus fugit”, “carpe diem”… -¿sí?, las locuciones latinas que, con siglos a cuestas, han sobrevivido hasta nuestros días, es decir, han sobrevivido en el tiempo y, desde el pasado, siguen conformando nuestro pensamiento y nuestra percepción del tiempo, creando una expectativa de presente y futuro-.  

Curiosamente, sin embargo, desde que adquirimos consciencia de nuestra mortalidad -y hay quien la adquiere con dosis de angustia sobresalientes-, andamos pendientes del paso del tiempo sin “encajarnos” por completo en el momento presente; preparamos -y pagamos- por nuestro futuro entierro y ahorramos para la vejez – posiblemente, en este orden-, y, si no lo hacemos porque las circunstancias no nos lo permiten, entonces nos preocupamos no sólo porque hemos de morir, sino por cómo hemos de vivir hasta ese morir.

“carpe diem quam minimum credula postero”

“Aprovecha el día, fíate poco del mañana”

Quinto Horacio Flaco, Horacio, 65-8 a.C., poeta romano

¿Y SI EL PASADO HA DEJADO HERIDAS EN EL PRESENTE…?, ¿Y SI EL PRESENTE FABRICA LAS HERIDAS DEL FUTURO…?

LA HISTORIA Y LA INTRAHISTORIA

Estos días, históricos por tantas razones y con una potencia extraordinaria en cada uno de los acontecimientos que están “haciendo Historia”, dejan una huella en la ciudadanía, una huella que, en su profundidad, en su intimidad individual, difícilmente pueden reflejar los medios de comunicación -el altavoz de los acontecimientos y no necesaria ni definitoriamente un altavoz “neutral”-. 

Sí, el pasado, el presente y el futuro de la Historia se viven en los titulares de la prensa -a modo, casi, de metáfora-; pero existe la INTRAHISTORIA, y de ella formamos parte los ciudadanos en nuestro día a día: nosotros somos la intrahistoria.

Miguel de Unamuno, 1864-1936. Escritor y filósofo de la Generación del 98. Y diputado en la 2a. República.

“Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del “presente momento histórico”, no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizadas así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre las que se alzan los islotes de la Historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido, sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la Historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar en el pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras”.

MIGUEL DE UNAMUNO, En torno al casticismo, 1905

De este modo y viendo lo visto, es en cada uno de nosotros que recae el significado y, sobretodo, el significante de verbos como “PERDONAR” o “RECONCILIAR”.

Ambos verbos son de uso históricamente común a tantos colectivos como humanos han habitado y habitamos este planeta: una mujer u hombre maltratado vs. su maltratador, niños maltratados vs. adultos maltratadores, adultos maltratados vs. adolescentes maltratadores…, en definitiva, un ciudadano maltratado vs. otro ciudadano maltratador.

Porque la Historia -y la intrahistoria-, se escriben desde dos ángulos: el de los grandes logros -el descubrimiento de la radiactividad-, y el de los grandes fracasos -una guerra cualquiera-. 

Y, aún así, cada logro y cada fracaso tiene, a su vez, distintas reescrituras: Marie, conocida mundialmente con el apellido de su marido, hizo opaco -probablemente sin pretenderlo- a Pierre Curie, y las guerras… -¡ah!, ¡las guerras!-, relatadas por vencedores y vencidos, el mismo hecho ofrece un relato, por lo común, bien distinto.

Pierre y Marie Curie
Primera Guerra Mundial, 1914-1918

Si las guerras pueden ser el paradigma de los fracasos de la Humanidad, el eje de los fracasos, sea cual sea su naturaleza, bien puede ser el MALTRATO.

VÍCTIMAS Y VICTIMARIOS: LOS ACTORES DEL PERDÓN Y/O LA RECONCILIACIÓN

La Historia está cargada de episodios de maltrato vividos en la intrahistoria

“Conocer” los términos “víctima” y “victimario” a través de la experiencia de un taller de escritura compartido con un colectivo de mujeres colombianas establecidas en Barcelona e integradas en el proceso de una de las “comisiones de la verdad”,  (hay varias comisiones en distintos países sudamericanos), participando de la acción artística de “Cuerpos Gramaticales” , -bajo la coordinación del ICIP , además de representar una vivencia personal intensísima, transformadora e inolvidable, representa acercarse a una mirada ricamente plural de lo que supone afrontar -no “enfrentar”, pero sí “confrontar”- hechos biográficos (intrahistoria) acontecidos en el seno de episodios históricos (historia) marcados por la violencia. 

Pero, más allá del impacto emocional -y transformador- de ésta y otras experiencias semejantes, sobrevive, a menudo sin ser expresado explícitamente, una dimensión tan real como profunda que es el “problema-raíz” de cualquier acción de perdón o reconciliación.

Y es que, especialmente en determinadas situaciones, ¿quién es el matratador y quién el maltratado?, ¿quién es la víctima y quién el victimario?.

Resolver un conflicto requiere de observar todas las estrategias que intervienen, aún así, sin garantía de éxito

Y es que el relato de los hechos, desde el instante en que se convierte en relato, se ampara en la memoria, las emociones y los propósitos del relator. Inevitablemente, cabe preguntarse: ¿cuenta el relator la “verdad”?. Y, habida cuenta de que cada relator de unos mismos hechos creará un relato en función de su propia memoria, sus emociones y propósitos, inevitablemente, surge otra pregunta: “¿cuál es la verdad?”.

La verdad. 

Si soy, colectivamente, considerado “victimario”, ¿es posible que me sienta, que sea, “víctima” también?.

Si soy víctima, ¿sólo soy víctima?, ¿puedo ser victimario también?, ¿es posible que un mismo individuo albergue ambas naturalezas?. 

Interesante remitirnos, a este respecto, al artículo del psiquiatra José A. Posada, https://www.semana.com/vida-moderna/articulo/victimas-y-victimarios-conflicto-colombiano-psicologia/556375

¿Quién es víctima?, ¿quién es victimario?. La transparencia de actores.

Entonces, ¿quién ha de pedir “perdón” a quién?. Y, sin que nadie se identifique con el “maltratador” -que es quien ha de pedir perdón…-, ¿qué “reconciliación” se puede producir?. La “ofensa”, el “agravio”, el “maltrato” no tiene un actor que se reconozca como autor y la víctima -sus actores-, mientras tanto, multiplica la intensidad de los sentimientos de dolor o resentimiento, con lo que la ya de antemano improbable -que no imposible- reconciliación termina convirtiéndose en una entelequia de la que se puede hacer un uso poco ético.

Volver al individuo para que este observe su propia realidad, puede ser el primer paso para, después, retornar al colectivo, y que el colectivo pueda, entonces, enfocar un nuevo propósito de presente y futuro con la libertad que proporciona el abordaje del pasado desde una perspectiva íntima y, a un tiempo, social, vivida desde la reflexión, trascendiendo a la emoción, y superando los condicionantes de intereses dudosos.

Y este viaje personal e íntimo bien puede partir de un modesto texto, biográfico y exploratorio…, liberador.

ESCRIBIR DESDE EL MIEDO

EL MIEDO PUEDE PARALIZAR CUALQUIER ACCIÓN. TAMBIÉN LA ESCRITURA.
RESISTE

“Para quien tiene miedo, todo son ruidos”

Sófocles (496 a.C. – 406 a.C.)

No se trata del miedo a la página en blanco. Se trata del miedo que el escritor experimenta al comprender el poder que tiene su escritura.

Hablamos de ese momento en el que el texto empieza a vivir, cuando la página en blanco deja de estar en blanco y las palabras han emprendido su camino y pareciera que el camino que recorren les conduce hacia una puerta que no ha de ser abierta por el lector, sino que es la puerta que penetra en la intimidad del escritor; el momento en el que las palabras mudan en llave del alma del escribiente.

La llave del alma

ALMA: Entidad abstracta tradicionalmente considerada la parte inmaterial que, junto con el cuerpo o parte material, constituye el ser humano; se le atribuye la capacidad de sentir y pensar.

Wordreference

LAS HUELLAS EN EL ALMA: PELLIZCOS

El alma. Si es la parte inmaterial que nos conforma -almacén inmenso que registra cada latido, cada pestañeo de nuestra vida, cada instante de felicidad, cada duda y desengaño, cada ilusión, cada pellizco-, se nos puede antojar inaprensible desde la razón, como si fuésemos incapaces de expresar todo lo que ella contiene y, al mismo tiempo, sin embargo, viviésemos prendidos a ese contenido que es un sinfín de huellas que nos marcan a hierro.

Porque, ¿cómo podemos “tomar” la emoción que experimentamos ante un amanecer -o un anochecer-?, ¿cómo podemos “tomar” aquel momento en el que, sentados alrededor de la mesa, alguien nos hizo callar porque no era “apropiado” lo que estábamos diciendo y descubrimos que hay cosas que sí se pueden decir y otras que no?, ¿cómo podemos “tomar” el instante, quizás minutos, en que fuimos aplaudidos, halagados, cuando fuimos seleccionados para un puesto de trabajo o para un ascenso?, ¿o, siendo más niños, el momento en que nos eligieron “representante” de clase?, ¿o cuando nadie nos votó para serlo?. Pellizcos.

LA ESCRITURA NO MIENTE: LOS MIEDOS DESCUBREN SU ROSTRO

Y, entonces, empezamos a escribir. Porque queremos ser escritores. Porque somos escritores. Y el texto -por ejemplo, una ficción que situamos en el otro extremo del mundo, dos siglos atrás o tres siglos por delante de nuestro presente-, el texto, decíamos, que se hilvana en el vaivén entre cabeza y manos, empieza a recorrer los corredores de nuestra propia alma.

La escritura saca a la luz nuestros miedos

Nuestros personajes actúan, hablan, callan, hacen, dicen… callan, al dictado, en ocasiones y aparentemente, no tanto desde nuestra voluntad como por la voluntad de la propia historia, porque la historia cobra vida, entidad y “exige” que sus personajes sean consecuentes, coherente, creíbles… “verdaderos”.

Y una escena, una palabra, puede revelar una verdad que trasciende la página, que supera la ficción y, entonces, el autor “reconoce”, en su texto, “la verdad“, su verdad, y, a veces, esa “verdad” significa ver cara a cara sus miedos; los miedos personales, los miedos propios, porque los pellizcos, las huellas de su alma, más nefastos han encontrado el modo de salir a la luz.

CLASES DE MIEDO -al escribir-: EL INTRAMIEDO / EL EXTRAMIEDO

el miedo no le impidió escribir lo que quería escribir
Lazarillo de Tormes es la voz que denuncia todo un mundo agónico y pervertido en sus valores. Lo hace en un ejercicio de “verdad” que, de publicarse, iba a poner en peligro a su autor. Y el autor sacrificó cualquier reconocimiento hacia su persona, manteniéndose en el anonimato, por mantenerse a salvo: pero, aún así, el miedo no le impidió escribir lo que quería escribir. Y, gracias a la estratagema del anonimato, burló el miedo a publicar la obra terminada.

EL INTRAMIEDO

Aparece cuando el autor reconoce sus miedos, en su texto y, resistiéndose a confrontarse con ellos -por las razones que sea-, los bloquea en la obra e, incluso, los elimina, bajo riesgo de abortar un texto de calidad.

El escritor apresado por sí mismo y en sí mismo

EL EXTRAMIEDO

Cuando una amenaza exterior genera autocensura: que nadie en la familia, en el círculo de amigos, en el trabajo…, se reconozca en el texto -aún no generando un texto biográfico-, o que el relato no conlleve un peligro para la libertad o, incluso, la integridad física del escritor. Como en el anterior, en este caso también puede ocurrir que el autor elimine elementos que, por no aparecer, pueden afectar, de manera fatal, la calidad del texto final.

“Payasos asesinos del espacio exterior”, 1988 (Stephen Chiodo)

LA SOLUCIÓN

¿Cuál es el problema, como escritores, de nuestro conflicto con el miedo?

Como escritores, el problema es que escribir bajo el imperio del miedo es, exactamente, “no-escribir”. Los textos resultantes, sin que los miedos hayan sido reconocidos, serán, probablemente, de una calidad inferior a un texto afrontado desde la libertad.

Y, ¿cuál es la solución?. Se nos antojan, en principio, dos:

1.- O se renuncia a afrontar cualquier texto que saque a la luz esos miedos.

2.-O se investiga en fórmulas que permitan ejecutar un texto legítimo, que haya confrontado esos miedos para no eludirlos, evitando distorsionar la esencia de la obra.

Si quieres investigar en esta dirección y crees que solo/sola te va a ser complicado, quizás podamos trabajar juntos y explorar tus posibilidades. Si es así, CONTÁCTAME

Trabajar acompañado, genera una escritura más confiada