HASTA LUEGO LIBRO MÍO -O CÓMO DESPEDIRSE DE UN MANUSCRITO-

SE ACABÓ, SÍ

Has trabajado en tu manuscrito. Has puesto corazón y cabeza en él. Mucha energía. Y tiempo, sí. Tiempo. Tanto tiempo le has dedicado, que ha formado parte de tus rutinas, de tus hábitos, que ha sido una de tus citas obligadas, aquellas que has atendido robando minutos a otras cosas…, todo porque él, tu libro, tenía que “ser”.

Tiempo de escritura...
tiempo de vida,
de extenuación,
de extrañeza y dudas

Pero…, ¡se acabó!. Ya está. El libro se terminó. Terminaste tu manuscrito. Y lo sabes. En realidad, tú lo sabes. Él te lo dice. Ojeas. Hojeas. Y sí, ¡se acabó!.

Y... ¿QUÉ TAL?, ¿CÓMO TE SIENTES?

Desconcertado, asombrado, perdido..., angustiado, vacío

Trabajando con distintos autores, he observado, al llegar a este punto, distintas reacciones -y sumo a ellas, las mías propias frente a mis propios libros-.

Por lo general, cierta sensación de desconcierto… “¿sí?, ¿de veras?, ¿se acabó?”. Y un algo parecido a “¿es posible que haya sido capaz de terminarlo?”. Entonces, brota una emoción muy intensa, casi próxima al llanto en algún caso; es una emoción íntima, profunda…, una emoción que enciende la piel.

Después, llegan las ganas de celebrar, de festejar.Es un momento eufórico: el deseo de abrazar, de reír, de brindar…

el asombro
la perplejidad
el llanto emocionado
la celebración

PREPÁRATE PORQUE LLEGA... EL DUELO

¿Solo?, ¿te has quedado solo? Puede parecértelo, pero es sólo una fantasía de tu mente; una emoción que te provoca este sentimiento

“Sientes un bajón de tu estado de ánimo, ya que estás perdiendo reforzadores. Los reforzadores son los momentos muy buenos de tu día a día que tienen un componente de esperanza. Son momentos especiales.” 

Francisco Tabernero, psicólogo

En la escritura -y especialmente en la escritura creativa-, los individuos nos implicamos en un sentido integral. Es un acto en el que “volcamos”, literalmente, un complejo universo de emociones y sentimientos, y, también, unas cuantas creencias.

Hay “algo” que queremos contar y que, por alguna razón, está unido a nosotros en términos “subcutáneos”. También existe un deseo, una motivación aspiracional: el propio libro como objeto final y alcanzar, con él, a lectores. Puede quien le añada dosis de ambición profesional, la voluntad de ocupar un lugar en la Literatura… 

Y a esta suma de elementos -diría, “condimentos”-, le añadimos un factor muy importante y que ya se ha destacado al principio de este post: tiempo, el tiempo personal que dedicamos al proceso de la escritura y que se convierte en un acto permanente en nuestra vida, en nuestro día a día, con algún ritual incluido -café en determinada taza y no otra, cierta música ambiental, el silencio de la casa…, el espacio concreto en el que trabajamos-.

Pues bien, ahora, todo eso… se ha terminado. Se acabó.

Y no siempre, pero en ocasiones hay autores que no saben, no pueden afrontar este desenlace: no viven el duelo sino que se empeñan en… agonizar.

Sí, he visto cómo algunos autores, después de las primeras reacciones e instalados en este duelo psicológico, se resisten a dar por terminado su manuscrito. Se aferran a él. Se aferran personalmente. Lo releen, vuelven a corregirlo…, con una voluntad “ultracorrectora” con la que posponer la probabilidad de una exposición pública del texto por miedo a las críticas o al rechazo. En ocasiones, estos autores añaden nuevos elementos bajo riesgo de abultar innecesariamente un material ya completo, sin querer darse cuenta de que el lector va a detectar -de manera infalible-, lo sobreañadido al original, esas incorporaciones de última hora que, sencillamente, no son necesarias y ocupan un lugar que no les corresponde.

En otros casos, la celebración se prolonga largamente, contagiando un nuevo tiempo que, como veremos, ya es tiempo de “otra cosa”. Es una celebración gradualmente enfermiza porque se dilata con la pretensión -no del todo consciente por parte del autor-, de instalarse permanentemente en ese estado álgido en el que la dopamina se “enciende” y “brilla” por todo el cuerpo, vibrando en el cerebro: pero las celebraciones duran un tiempo más o menos breve; significativo, pero breve, porque así es su naturaleza. Y, así, en rigor, la celebración, debe terminar para que, sencillamente, la vida continúe…

Como acompañante literaria -de acuerdo, como coach literaria-, también me corresponde, si el autor me lo permite, ayudarle a pasar por este duelo, a vivirlo, “disfrutarlo” y… superarlo.

PORQUE LA VIDA CONTINÚA, SÍ: SIGUE VIVIENDO

Las imprentas: cuando la tinta difundía las ideas

Si me permites una recomendación… Deja reposar el manuscrito unos días. No vuelvas a leerlo. No lo retoques. Déjalo descansar; que repose, sí. Descansando él, tú, autor,  te vas a distanciar, saludablemente, de la fiebre de la escritura y te prepararás, mental y anímicamente, para elegir los siguientes pasos.

¿QUÉ PASOS SON LOS SIGUIENTES...?

Probablemente, si has llegado hasta aquí, ahora, con tu manuscrito terminado, quieres verlo publicado. 

Generalmente, a este estadio se le atribuye una cierta complicación cuando, en realidad, es más fácil de resolver de lo que pudiera parecer.

Como punto de partida, planteémonos algunas primeras posibilidades:

¿Has trabajado solo o has trabajado con un acompañante o coach literario?

¿Cómo imaginas tu libro?, ¿en papel?, ¿digital?, ¿en ambos formatos?.

¿Piensas en una editorial o te estás planteando autoeditar?

Pero de esto hablaremos próximamente…

Mientras tanto, ¿quieres que empecemos a trabajar?. Entonces…

EL OFICIO DE COMUNICAR

COMUNICAR ES UNO DE LOS IMPULSOS DE LA VIDA. TODOS LOS SERES VIVOS NOS COMUNICAMOS PARA VIVIR. OPTIMIZAR EL IMPULSO, LO CONVIERTE EN OFICIO.

La comunidad se basa en la comunicación

“SÉ LO QUE QUIERO DECIR, PERO NO SÉ CÓMO DECIRLO”: LA NECESIDAD DE APRENDER EL OFICIO DE  COMUNICAR

El oficio de comunicar tiene que ver no sólo con mi trabajo, sino con el trabajo de mis clientes: escritores, ejecutivos, comerciales, coaches, sociólogos, comunity managers, algún político… , personas que necesitan comunicarse por razones profesionales -en un vínculo con su individualidad intrínseca-.

Muchas de las primeras sesiones que comparto con mis clientes empiezan con una frase como ésta o parecida. Al principio, en las que fueron mis primeras sesiones como coach literaria y ontológica, yo enseguida me precipitaba y decía: “Ajá, aquí hay un bloqueo”, lo que, en cierto modo, era cierto, pero no exactamente tal cómo lo enfocaba entonces. Mi enfoque, en aquellos momentos, pasaba un tanto por alto un aspecto esencial: la naturaleza del oficio de comunicar, la naturaleza del comunicador.

Obviamente, si alguien tiene algo que decir pero no sabe cómo hacerlo, está experimentando un bloqueo. Sin embargo, ese bloqueo no responde necesariamente a un recoveco íntimo, a un miedo trascendente, a alguna creencia poderosísima del tipo “no sirvo para esto” o, más rotunda, “no sirvo para nada”. O, en cualquier caso, y aún en el supuesto de que sea esta última creencia la que provoca la incapacidad de una persona para expresarse, el “tratamiento” no pasa por “cronificar” la creencia, de tal modo que el cliente y yo misma estemos observándola, buscando cómo derrotarla. Se trata de actuar desde otro ángulo,  el de la Semiología.

#entrenandolacomunicación

Necesario es, en este punto, diferenciar este estadio al que se retrató en un post anterior – https://mercemartiarolas.com/de-la-idea-a-la-accion-trabajando-la-comunicacion/

En aquel, la dificultad estaba en el proceso de transformación de idea a proyecto. En este, la dificultad está en expresar la idea misma, lo que imposibilita continuar y construir el proyecto.

DESMONTAR LA LIMITACIÓN ES CUESTIÓN DE RECORDAR, COMPRENDER Y APREHENDER: REAPRENDER A COMUNICARNOS

LA METÁFORA DEL OVILLO: EL RETO DE UN OFICIO

La metáfora de la madeja enredada y el acto de desenredarla

La metáfora del ovillo es muy común porque es, ciertamente, muy elocuente. Al mismo tiempo, aporta -por lo laberíntico del enredo en un ovillo cualquiera, sea del tamaño que sea el ovillo-, cierta dosis de dramatismo que, por lo general, a cualquiera le complace bastante: “ya que tengo un problema, que sea un problema “gordo””, ¿verdad?.

Bueno, de acuerdo, aceptemos el ovillo enredado como metáfora de lo que nos pasa cuando afirmamos “sé lo que quiero decir, pero no sé cómo decirlo”.

Puesto que el “síntoma” del problema está claro -“no saber cómo decir lo que se quiere decir”-, el problema se ubica en el “acto comunicativo”. ¿Cuál es “nuestro” ovillo en esta situación?. El acto comunicativo. Sin una comprensión clara del mismo, difícilmente se puede desarrollar con eficiencia el oficio de comunicar.

Así, metodológicamente, con el tiempo he descartado, en una primera interacción con el cliente, aspectos de orden trascendente o filosófico -más propios de la ontología-, para enfocar el asunto en su aspecto más específicamente funcional -la semiótica-.

EL ACTO COMUNICATIVO: EL TERRITORIO DEL OFICIO

El acto comunicativo implica a 2 actores: emisor y receptor. Bueno, sí, no parece una gran revelación. Probablemente tampoco lo sea que, en realidad, estos 2 actores, TÚ y YO, son, funcionalmente, intercambiables. Es decir, el emisor es también receptor y el receptor es también emisor y que el intercambio de papeles no es alternativo sino simultáneo. Porque aunque primero hable uno de los actores y, después, hable el otro -momento de intercambio de papeles-, mientras uno habla, el otro, aunque no sea verbalmente, “habla” también -la simultaneidad de la “comunicación no verbal”-.

Asimismo, en el mismo acto comunicativo, los actores experimentan una segunda línea de comunicación o comunicación de fondo: “el diálogo interior”; cada actor, además de hablar y escuchar al otro, también habla consigo mismo, escuchándose a sí mismo.

¿Complicado?. No, en absoluto. Es un proceso que practicamos los humanos con la habilidad que nos proporciona el haber aprendido a desarrollar nuestra aptitud para hablar durante nuestros dos primeros años de nuestra vida. Es una capacidad que poseemos directamente relacionada con la supervivencia en su sentido más amplio y profundo: sobrevivimos en comunidad y hacemos comunidad comunicándonos -sobretodo, si le sumamos actitud-.

#entrenandolacomunicación

Sin ser complicado, ¿seguro que “sabemos” lo que hacemos cada vez que nos comunicamos con nosotros mismos -diálogo interior- y con los demás -comunicación exterior-?. Puede ocurrir que, a fuerza de la costumbre, hayamos perdido la perspectiva del acto comunicativo y lo practiquemos sin el rigor que favorece su eficacia y eficiencia -sea comunicación escrita, oral, no verbal…, en fin, la comunicación en todas sus formas-.

REAPRENDER A COMUNICARNOS: PREPARÁNDONOS PARA EJERCER NUESTRO OFICIO

“Sé lo que quiero decir, pero no sé cómo decirlo”, ¿sí?. Así empezábamos.

Y bien, ¿qué hacemos?.

Después de algunos años trabajando con este “ovillo”, mi primera propuesta, frente a frente con mi cliente, es que el cliente se “reconecte” con lo que significa comunicar.

Y mi primera pregunta es: “¿y qué quieres decir?”. El poder de una pregunta tan sencilla es, casi siempre, total. Después de un primer gesto de estupefacción, más o menos contenido, por parte del cliente, éste, en efecto, contesta y, sí, explica lo que quiere decir. Así, sin más. Sorprendente, ¿no? -bueno, no tanto…-.

#entrenandolacomunicación

EL OFICIO DE COMUNICAR

Lo que se quiere decir, está dicho. Mejor o peor dicho -generalmente, peor-, pero dicho está. Y aquí empieza el trabajo de verdad; es la hora de “entrenar” la comunicación. Porque la comunicación es un oficio y, como todos los oficios, requiere de aprendizaje y de práctica: practicar, practicar, practicar.

Y empezaremos el entrenamiento con 2 nuevas preguntas: “¿para quién quieres decir lo que quieres decir?” y “¿para qué lo quieres decir?”

¿ENTRENAMOS JUNTOS?

DE LA IDEA A LA ACCIÓN: TRABAJANDO LA COMUNICACIÓN.

En mi día a día, estoy acompañando a personas que tienen un “proyecto”: escribir un libro, dar una conferencia, impartir un curso, presentar un programa político, exponer un plan de marketing… Por lo general, la intención se presenta en forma de “quiero…”. El “proyecto” está ahí. Y parece, de antemano, claro y concreto.

Pero, ¿cuánto hay de real en ese “proyecto” que deseamos llevar a cabo?. No es raro, en las más de las veces, que muy poco. En realidad, estamos en el territorio de las “ideas” -y no en el de los “proyectos”-.

Veamos qué ocurre a partir de ahora.

Experiencias de una acompañante literaria…
Cuando detectas que aquello que quieres está muy lejos de ser el proyecto claro que creías, puede empezar una experiencia frustrante y generadora de ansiedad, nada productiva y en absoluto creativa. (Fotografía de Rubén ConPa).

SEAMOS REALISTAS: TENEMOS UNA IDEA, SÓLO UNA IDEA.

Sí, seamos realistas. De momento, tenemos una idea, sólo una idea. Nada más y nada menos que una idea -¡cuánto cuesta tener una idea!-. Pero con una idea aún no tenemos un proyecto.

Comprenderlo -que no necesariamente aceptarlo- es un momento delicado.

Puede vencernos el desánimo, podemos tener la impresión de haber sido estúpidos, de haber estado viviendo en una ficción, de habernos engañado a nosotros mismos… Puede. Pero, ¡alerta!; es sólo una reacción momentánea.

También puede ocurrir que nos sintamos ofendidos, molestos, enfadados. ¿Cómo es posible que, finalmente, “todo” quede en “nada”?. Pero, ¡alerta!; es sólo una reacción momentánea.

Aceptemos que, antes que el “proyecto”, hay toda una historia que recorrer, y es una historia llena de capítulos, cada uno con sus respectivos episodios. Es… el libro antes del libro. ¿Sí?.  Y puede empezar con una lluvia de letras…

LA LLUVIA DE LETRAS: EL PRIMER PASO

En algún momento, antes que las propias palabras, viviremos una “lluvia de letras”. De gran belleza, tiene un poder relajante extraordinario y se convierte en un estímulo para el siguiente paso.

 La lluvia de letras es un ejercicio que, a veces, propongo a mis clientes y que yo misma practico. Es muy sencillo y muy bello de experimentar.

Cierra los ojos y, literalmente, imagina que ante tus ojos empieza a caer una fina lluvia de letras. No te entretengas en reconocerlas, no enfoques ninguna en particular…, simplemente, deja que lluevan palabras.

La lluvia de letras

En unos instantes, es probable que suspires profundamente y experimentes una amable sensación de bienestar y, algo muy importante, una poderosa sensación de libertad, de desapego y claridad.

Inténtalo…

Y, ¿AHORA?. AHORA ES EL MOMENTO DEL ORDEN:  EL EJERCICIO DE LAS PREGUNTAS.

Situados en nuestro nuevo estado de ánimo, en nuestra nueva percepción, relajada y placentera, del rico universo de las letras, estamos en una magnífica disposición para emprender una nueva tarea en la que, reconciliados con las palabras, podamos usarlas de nuevo con alegría y creatividad. Y con rigor.

Es el ejercicio de las preguntas: el homenaje a Sócrates y al método socrático.  

“Sólo sé que no sé nada”. Sócrates (470 a.C. – 399 a.C.)

Vamos a formularnos preguntas, sí. Empecemos con algunas. No son muchas.

¿Cuál es mi idea?

¿Puede ser un proyecto?

Ese proyecto, basado en mi idea, ¿en qué consiste?

¿Para qué sirve mi proyecto?

¿Para quién sirve mi proyecto?

¿Cómo puede ser viable?, ¿dónde lo voy a hacer?, ¿cuándo?, ¿cómo?…

Intenta responder a estas cuestiones por tu cuenta. Y observa qué tal te resulta contestarlas.

Tengamos paciencia. Démonos un poco de tiempo. Seamos compasivos con nosotros mismos y confiemos en nuestra capacidad.

Es una oportunidad excelente para volver al principio, a nuestro origen esencial, sin miedo -recordemos lo importante que es escribir, y en general en cualquier acto creativo, sin miedo… https://mercemartiarolas.com/escribir-desde-el-miedo/ 

De todos modos, el “método socrático” se basa en el diálogo. A y B dialogando.

¿Qué aporta el “diálogo”?. Profundidad. Penetración en el asunto.

A la tesis original, se le suman premisas adicionales y, de lo uno y lo otro, resultan los argumentos. El desenlace debiera ser, al menos aproximadamente, “la verdad”.

Si quieres practicar, con rigor, este método de trabajo que ha de permitirte aterrizar tu idea y convertirla en un proyecto real, y quieres que yo sea tu B, CONTÁCTAME

¿Comprobamos qué podemos hacer juntos?

ESCRIBIR DESDE EL MIEDO

EL MIEDO PUEDE PARALIZAR CUALQUIER ACCIÓN. TAMBIÉN LA ESCRITURA.
RESISTE

“Para quien tiene miedo, todo son ruidos”

Sófocles (496 a.C. – 406 a.C.)

No se trata del miedo a la página en blanco. Se trata del miedo que el escritor experimenta al comprender el poder que tiene su escritura.

Hablamos de ese momento en el que el texto empieza a vivir, cuando la página en blanco deja de estar en blanco y las palabras han emprendido su camino y pareciera que el camino que recorren les conduce hacia una puerta que no ha de ser abierta por el lector, sino que es la puerta que penetra en la intimidad del escritor; el momento en el que las palabras mudan en llave del alma del escribiente.

La llave del alma

ALMA: Entidad abstracta tradicionalmente considerada la parte inmaterial que, junto con el cuerpo o parte material, constituye el ser humano; se le atribuye la capacidad de sentir y pensar.

Wordreference

LAS HUELLAS EN EL ALMA: PELLIZCOS

El alma. Si es la parte inmaterial que nos conforma -almacén inmenso que registra cada latido, cada pestañeo de nuestra vida, cada instante de felicidad, cada duda y desengaño, cada ilusión, cada pellizco-, se nos puede antojar inaprensible desde la razón, como si fuésemos incapaces de expresar todo lo que ella contiene y, al mismo tiempo, sin embargo, viviésemos prendidos a ese contenido que es un sinfín de huellas que nos marcan a hierro.

Porque, ¿cómo podemos “tomar” la emoción que experimentamos ante un amanecer -o un anochecer-?, ¿cómo podemos “tomar” aquel momento en el que, sentados alrededor de la mesa, alguien nos hizo callar porque no era “apropiado” lo que estábamos diciendo y descubrimos que hay cosas que sí se pueden decir y otras que no?, ¿cómo podemos “tomar” el instante, quizás minutos, en que fuimos aplaudidos, halagados, cuando fuimos seleccionados para un puesto de trabajo o para un ascenso?, ¿o, siendo más niños, el momento en que nos eligieron “representante” de clase?, ¿o cuando nadie nos votó para serlo?. Pellizcos.

LA ESCRITURA NO MIENTE: LOS MIEDOS DESCUBREN SU ROSTRO

Y, entonces, empezamos a escribir. Porque queremos ser escritores. Porque somos escritores. Y el texto -por ejemplo, una ficción que situamos en el otro extremo del mundo, dos siglos atrás o tres siglos por delante de nuestro presente-, el texto, decíamos, que se hilvana en el vaivén entre cabeza y manos, empieza a recorrer los corredores de nuestra propia alma.

La escritura saca a la luz nuestros miedos

Nuestros personajes actúan, hablan, callan, hacen, dicen… callan, al dictado, en ocasiones y aparentemente, no tanto desde nuestra voluntad como por la voluntad de la propia historia, porque la historia cobra vida, entidad y “exige” que sus personajes sean consecuentes, coherente, creíbles… “verdaderos”.

Y una escena, una palabra, puede revelar una verdad que trasciende la página, que supera la ficción y, entonces, el autor “reconoce”, en su texto, “la verdad“, su verdad, y, a veces, esa “verdad” significa ver cara a cara sus miedos; los miedos personales, los miedos propios, porque los pellizcos, las huellas de su alma, más nefastos han encontrado el modo de salir a la luz.

CLASES DE MIEDO -al escribir-: EL INTRAMIEDO / EL EXTRAMIEDO

el miedo no le impidió escribir lo que quería escribir
Lazarillo de Tormes es la voz que denuncia todo un mundo agónico y pervertido en sus valores. Lo hace en un ejercicio de “verdad” que, de publicarse, iba a poner en peligro a su autor. Y el autor sacrificó cualquier reconocimiento hacia su persona, manteniéndose en el anonimato, por mantenerse a salvo: pero, aún así, el miedo no le impidió escribir lo que quería escribir. Y, gracias a la estratagema del anonimato, burló el miedo a publicar la obra terminada.

EL INTRAMIEDO

Aparece cuando el autor reconoce sus miedos, en su texto y, resistiéndose a confrontarse con ellos -por las razones que sea-, los bloquea en la obra e, incluso, los elimina, bajo riesgo de abortar un texto de calidad.

El escritor apresado por sí mismo y en sí mismo

EL EXTRAMIEDO

Cuando una amenaza exterior genera autocensura: que nadie en la familia, en el círculo de amigos, en el trabajo…, se reconozca en el texto -aún no generando un texto biográfico-, o que el relato no conlleve un peligro para la libertad o, incluso, la integridad física del escritor. Como en el anterior, en este caso también puede ocurrir que el autor elimine elementos que, por no aparecer, pueden afectar, de manera fatal, la calidad del texto final.

“Payasos asesinos del espacio exterior”, 1988 (Stephen Chiodo)

LA SOLUCIÓN

¿Cuál es el problema, como escritores, de nuestro conflicto con el miedo?

Como escritores, el problema es que escribir bajo el imperio del miedo es, exactamente, “no-escribir”. Los textos resultantes, sin que los miedos hayan sido reconocidos, serán, probablemente, de una calidad inferior a un texto afrontado desde la libertad.

Y, ¿cuál es la solución?. Se nos antojan, en principio, dos:

1.- O se renuncia a afrontar cualquier texto que saque a la luz esos miedos.

2.-O se investiga en fórmulas que permitan ejecutar un texto legítimo, que haya confrontado esos miedos para no eludirlos, evitando distorsionar la esencia de la obra.

Si quieres investigar en esta dirección y crees que solo/sola te va a ser complicado, quizás podamos trabajar juntos y explorar tus posibilidades. Si es así, CONTÁCTAME

Trabajar acompañado, genera una escritura más confiada