MIRADAS DE ESCRITOR.

No, no hablo de su escritura, de sus textos. No hablo del modo cómo se posiciona frente a su relato o a sus versos.

Hablo, literalmente, de su mirada: de sus ojos mirando.

Aunque empecemos al revés. Veamos cómo el escritor se expone para ser mirado. Veamos cuando él es el objeto observado y admirado.

HAY UNA CIERTA ICONOGRAFÍA propia de escritores. Tanto es así, que no es raro mostrarlos -y que se muestren- en habitaciones cubiertas de libros -o inquietantemente vacías-, con máquina de escribir -máquina clásica, nada de ordenador-, y, en tiempos más tolerantes con el tabaco, con un cigarrillo en la mano o algo de humo rondando sus cabezas. Especial fortuna corren las escenas fotografiadas en B/N.

Es cierto, también, que, de vez en cuando, llega una fotografía sorprendente e inesperada. Quizás, las propias celebridades literarias se aburren de tópicos y deciden… ¡innovar!. Deciden innovar su “branding personal”, su imagen, su manera de mostrarse al mundo que les mira, el mismo mundo al que miran…

Porque el escritor es mirado -y admirado-, cierto. Pero, esencialmente, el escritor mira. Mira por ventanas, puertas y rendijas… Mira al mundo que le rodea y del que forma parte. Mira.

El escritor se nutre del mundo al que mira. Sea para traducirlo en palabras o para traducirse a sí mismo con respecto a él. El mundo es su fuente de inspiración, su nutriente…

Si mira al libro para alimentar el alma y aprender el oficio, mira al mundo para alimentar el alma y construir sus libros.

Y, de repente, un nuevo giro inesperado: la mirada del escritor nos mira. Y su mirada, puesta en nosotros, nos reconoce e identifica: sí, existimos. Para ellos, nosotros existimos.

Mirándonos, el escritor nos interpela. Su mirada lacerada o sonriente, nos interpela. Su mirada nos reclama, nos atiende, nos solicita, nos exige, nos implora, nos anima… Su mirada nos atrapa.

Mirándonos, pareciera que lee en nuestros ojos, mientras nosotros leemos en los suyos.

Mirándonos, nos hace cómplices y nos queremos hacer cómplices de él y de sus letras porque, detrás de sus ojos, creemos poder aprehender la magia incierta, el origen impreciso, del que emergen las páginas que pasan entre nuestros dedos, cargadas de historias que nos revelan los secretos de la vida misma, de ese mundo del que, ellos y nosotros, formamos parte: un mismo mundo incomprensible…, tan sencillo y tan difícil de interpretar, como interpretar una mirada.