DE INADAPTACIÓN, DE ESCRITORES Y DE ESCRITURA… (agradecimientos a Paul Auster)

HOY, EN FACEBOOK, UN “AMIGO” DE LA RED HA ADVERTIDO que “se cargaría” a la siguiente persona que compartiese con él un mensaje de autoayuda. Me he sonreído y, por supuesto, he ideado un “falso mensaje de autoayuda”, bastante estúpido, y lo he compartido con él. Entonces, ha bromeado conmigo, anunciándome que “se me había cargado”, y nos hemos enredado en un par más de “falsos mensajes de autoayuda”, uno suyo y otro mío. Bueno, han sido unas risas y, por un rato, me he sentido “dentro” del grupo de los que no soportan el espíritu de “la felicidad imperante en las redes sociales”.

Lo cierto es que cada vez estoy más convencida de que algo anda mal en mí. Cada vez estoy más segura de que estoy enferma, de que soy una inadaptada.

Es inevitable que lo crea porque, a mi alrededor, hay personas que hablan, a diario y con entusiasmo, de la “conciencia propia”, de buho-autoayuda“alcanzar los objetivos”, de “ser feliz”, e insinúan -o incluso revelan- secretos para conseguir todo eso y mucho más. Confieso que les envidio cuando les veo celebrar cada nuevo día, cada amanecer, cada anochecer, y dibujar corazones y flores, y “agradecer”, permanentemente y en mayúsculas, todo cuanto son ellos mismos y todo cuanto la vida es. Sonríen, explican fábulas aleccionadoras, reproducen memes esperanzadores…, mensajes de autoayuda. Les veo convencidos de lo que hablan. Hasta parecen felices -aunque nunca estoy del todo segura de que realmente lo sean: supongo que mi desconfianza es uno de los síntomas de mi enfermedad-.

También es verdad que, a diario, tropiezo con otra clase de personas, muy distintas a las anteriores -ofrases-de-enfado-bonitas no tanto porque, a veces, son las mismas-, que están permanentemente enfadadas -muy enfadadas- con los demás, con lo que otros hacen o dicen. Son esas personas que afirman, por ejemplo, “sí, ya lo sé, soy una persona muy salomónica” -nunca estoy del todo segura de que realmente sepan lo que quiere decir eso de “ser “muy” salomónico”-, “para mí, todo es blanco o negro”. Es su declaración de principios. Después, invariablemente, empieza el “ataque” al otro que, supongo, ha de ser un “otro blanco” o bien un “otro negro”, en un mundo cromáticamente, a mi parecer, bastante limitado. Por lo general, terminan su discurso asegurando que quieren -y mucho-, a la persona que acaban de juzgar -y condenar-. Confieso que les envidio porque tienen una claridad meridiana en su manera de mirar el mundo -aunque nunca estoy del todo segura de que realmente lo estén mirando: supongo que mi desconfianza es otro de los síntomas de mi enfermedad-.

Quizás el síntoma más revelador de mi inadapatación -o uno de los más significativos-, es que paso mucho tiempo intentando ser parte del primer grupo de personas y paso otro tanto intentando ser parte del segundo, en un vaivén existencial al que le falta, tanto en una dirección como en otra, convicción. Creo que mis esfuerzos son sólo ganas de “pertenecer”, pero, claro, siempre me quedo “fuera”. Ni los unos ni los otros me llegan nunca a aceptar por completo, ni yo, realmente, me quiero quedar nunca ni con los primeros ni con los segundos. Y lo mismo me ocurre con terceras, cuartas, quintas o sextas “tipologías” humanas.

A menudo me he quedado “fuera” de cualquier grupo, en cualquier circunstancia, en todo momento y en cualquier lugar. De hecho, siempre he tenido la sensación de vivir “fuera” intentando estar “dentro”. 

rockUn día, una vieja gloria del rock -no, no es Springsteen, ni Bono, sino una estrella local y menor pero muy, muy constante-, después de muchos años de habernos conocido, después de haberle acompañado -a él y a su banda- en unos cuantos conciertos, ocupando yo un lugar indefinido en el backstage, me miró a los ojos y me dijo  con su voz ronca: “siempre he pensado que tú no estabas dónde debías, que no eras de los nuestros…”. Me sonrojé. Él tenía razón, pero no imaginaba que yo fuese tan transparente. 

Cuando me recuerdo en el colegio…, tampoco acierto a “verme” “dentro”  y sí bastante “fuera”. 

Cuando me recuerdo en cualquiera de mis trabajos…, tampoco acierto a “verme” “dentro” y sí bastante “fuera”.

Cuando me recuerdo en comidas y cenas…., tampoco acierto a “verme” “dentro” y sí bastante “fuera”.

Incluso cuando me recuerdo en familias -he navegado por varias además de la propia-…., tampoco acierto a “verme” dentro y sí bastante “fuera” –siendo cuñada, pero poco, siendo nuera, pero poco, siendo prima, pero poco…, a veces, siendo hija, pero poco-.

buhoreloj

Pero sigo queriendo estar “dentro”. Tanto es así, que he solicitado entrar en un grupo de coleccionistas de búhos. Han contactado conmigo hace apenas un instante. Todo ha ido muy bien. Hemos intercambiado unas fotos de algunos búhos. Me han dado la bienvenida…., pero…., bueno, a punto de estar “dentro”, no lo estoy aún. Han contactado conmigo desde un móvil y necesitan estar con un ordenador para poder añadirme al grupo. O sea, que sigo “fuera”… Como siempre.

Es un poco inquietante esta manera de vivir. Un poco triste. Un poco desalentador, un poco desolador. Consiste en ir andando siempre, permanentemente, con la sensación de que, estando aquí, deberías estar allí o allá… Lo cierto es que cada vez estoy más convencida de que algo anda mal en mí. Cada vez estoy más segura de que estoy enferma, de que soy una inadaptada…

Al borde de las lágrimas -o del psicólogo-, en medio de estas reflexiones, me he paseado por el paisaje de mis escritores favoritos.

Como lectora, entre escritores, estoy “dentro”, pero también “fuera” porque ellos -al menos, la mayoría- no saben que yo existo. Y como escritora, ando fabricándome…, así que, de momento, estoy “dentro” porque escribo y también “fuera” porque sigo persiguiendo mis nuevos relatos, para un nuevo libro, y soñando a mis futuros lectores.

Pero, ¡ah!, la Literatura… Una vez más me ha salvado de melancolías y tristezas, ha secado lágrimas, ha alimentado mi ánimo  y alentado mi espíritu. ¡Ah!, la Literatura me ha devuelto a Paul Auster (1947), “mi” Paul Auster. 

A Auster le debo lecturas apasionantes y apasionadas, lecturas a propósito del universo fluido de las casualidades, lo cotidiano penetrando en lo esencial y sustancial… “El país de las últimas cosas” (1987), “El cuaderno rojo” (1993), han sido, son, parte de mi escuela. 

Un vídeo de Paul Auster, una entrevista suya, me ha hecho comprender que, tal vez, quizás, después de todo, sí estoy “dentro” de alguna parte, sí pertenezco a un lugar y sí formo parte, con otros humanos, de “algo”… LA ESCRITURA.

 

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *