TARDE DE UN VIERNES DE HISTORIAS Y LIBROS PERDIDOS PARA UNA COACH LITERARIA CON EL ORDENADOR ESTROPEADO.

no_seas_una_bluff_com_ampliacion (1)LLEVABA UNOS DÍAS GIMIENDO. Al principio, suavemente, muy tristemente. Y, de repente, un día de la semana pasada, los gemidos mudaron en un chillido agudo y continuo. Incapaz de darle consuelo, asistí, impotente, a su fundido en negro. Mi ordenador enmudeció, la pantalla se apagó, y ya nada pude hacer por devolverlo a la vida. Creí que el mundo se había derrumbado… 

PERO NO, EL MUNDO NO SE HABÍA DERRUMBADO. Si acaso, como dice un amigo colombiano, “demorado”… 

LA SEMANA -Y LA VIDA MISMA-, SIGUIÓ SU CURSO. 

Y HA SIDO UNA BUENA SEMANA. Una “bastante” muy buena semana…  

HE SEGUIDO DISFRUTANDO DEL PRIVILEGIO de sentarme frente a autores que, tenazmente, están creando su obra… HE PODIDO PENSAR en mis propios textos, los que ahora duermen en el ordenador estropeado -y que, pronto, en unos días, estará reparado-, lo que me ha permitido “escribir desde la cabeza”, un ejercicio que practico a menudo, esta vez, eso sí, con una “literalidad” absoluta…

lilo-orjuela-Dali-1366pxEN ALGÚN MOMENTO, LO ADMITO, he experimentado la sensación de que, si no el mundo, sí el tiempo se derrumbaba, se deshacía, disolvía, descomponía… Sí. Lo admito. PORQUE SÍ, SE HAN “DEMORADO” ALGUNOS ASUNTOS.

SE HAN “DEMORADO” ALGUNOS ASUNTOS -como dice mi querido Alberto-. Pero se harán. Y se harán bien. He recuperado varios documentos para trabajar con ellos desde otro portátil con el que me manejo, todavía, torpemente. Así que seguirá adelante la promoción de una novela, seguirán su camino dos manuscritos de dos autores que buscan, ahora, que sus textos lleguen a los lectores… Podré atender los últimos textos que recibí y que he de corregir, seguirá encarnándose el esqueleto de un texto teatral… Todo seguirá su curso. Todo se hará. Y se hará bien.

HA SIDO UNA “BASTANTE” MUY BUENA SEMANA, sí, que me ha permitido contemplar soluciones, ahorrándome, quizás por primera vez en mi vida, otra dosis de auto castigo, de reprimenda a mí misma, de furia y de ira. El mundo no se ha derrumbado, en efecto. Lo inmediato, se ha atendido. Lo “demorado”, se atenderá. Y yo estoy aprendiendo a adaptarme del mundo Windows al mundo Mac, lo que me dota de nuevas habilidades y contribuye a que el cerebro no se me oxide demasiado deprisa… “Macnífico”.

Y, ENTONCES, TERMINANDO LA SEMANA, LLEGÓ EL VIERNES. 

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LOS VIERNES TIENEN UN ALGO… LIBERADOR. Aunque la expectativa sea la de seguir trabajando el sábado y el domingo -recuerdo perfectamente lo que era trabajar en un servicio 24/365, lo que tarde o temprano me llevaba a cubrir turnos de fin de semana, algo que, a simple vista, podía parecer un castigo, pero que, en la práctica, servía para construir un universo paralelo y bastante feliz con tus compañeros de suerte…-, decía que, aunque con la expectativa de seguir trabajando el sábado y el domingo, los viernes tienen un algo liberador. 

BIENHUMORADA, ME  SENTÉ EN UNA MESA DE LA TERRAZA DE UNO DE LOS BARES DE LA PLAÇA DELplaca-del-sol-terrasse SOL, en Gràcia, un barrio de mi ciudad natal que conserva los aires de pueblito con todo el exceso, eso sí, de lo urbano… Me senté, en efecto, en una mesa de la terraza de uno de los bares de la Plaça del Sol…

ME SENTÉ A ESPERAR CON UN CAFÉ Y UN AGUA CON GAS, UN FOULARD RODEÁNDOME EL CUELLO, y la sensación de que tanto mis compañeros de terraza, vecinos de mesa, como yo misma, ya estábamos un poco hambrientos de sol y de primavera…

NO TUVE QUE ESPERAR MUCHO. MI CITA FUE PUNTUAL. LE VÍ AVANZAR DESDE EL OTRO EXTREMO DE LA PLAZA, con su incipiente barba de marinero -eso es lo que pensé-. Amigo de una amiga, es escritor. Nuestra amiga común medió para que nos conociésemos. Ya ha pasado algún tiempo desde entonces.

NO ERA UNA CITA DE TRABAJO. NO, EXACTAMENTE. Era uno de esos encuentros imprecisos, en parte amistosos, en parte para alimentar futuros… 

CHARLAMOS. 

NOS PUSIMOS AL DIA DE RECIENTES NOTICIAS BIOGRÁFICAS, de ciertas casualidades comunes… Hablamos del mar y de los pueblos que se despiertan y se duermen en su orilla… Ejercimos de ciudadanos hablando de la actualidad política, pensando el pasado y el presente, dibujando, con trazo desigual, el destino de la Historia… Y hablamos de escritura y sus alrededores.

Libro-con-letras-e1406066613818-619x346HABLAMOS DE UN MANUSCRITO ACABADO  y que no encuentra editor -justo el día antes, una autora me había planteado la misma cuestión…, y pensé en lo curioso de mi semana, cuando dos autores distintos, que no se conocen entre sí, que no comparten lengua aunque sí género, ambos, digo, no encuentran editor para sus novelas…, y lo dos me lo cuentan, lo que no es tan casual a tenor  de mi oficio, pero sí es casual que lo hagan con un día de diferencia. Cosas del azar, ¿no…?-. 

HABLAMOS, EL ESCRITOR Y YO, de esos textos que terminados, siguen, de algún modo, sin estarlo, y de cómo el autor se mantiene unido, umbilicalmente, a él y a su triste destino, a su permanencia, inmóvil, sobre la mesa, resistiéndose a ser recluido en la oscuridad de un cajón… Hablamos de esos manuscritos a los que un editor dice que no, que no los quiere publicar… Hablamos del destino de esos textos, del enamoramiento del autor por una creación que, de algún modo, queda vacía, perdida en el tiempo y en el espacio… Por alguna razón, me pareció importante volver, una y otra vez, al enamoramiento del escritor por su obra… Y hablamos de los nuevos proyectos, de esas ideas para nuevos textos, ideas sugerentes, hilos de historias, perfiles de personajes…, las lineas de espacios y tiempos para un nuevo manuscrito que, mientras tanto, convive con el manuscrito hermano aunque, a diferencia de este, sin adquirir presencia sobre el papel…

TUVE LA SENSACIÓN DE QUE EL AIRE QUE NOS RODEABA, AL ESCRITOR Y A MÍ, ESTABA PREÑADO DELibro-con-letras-e1406066613818-619x346 LETRAS CONFORMANDO LA PROMESA DE PALABRAS, A SU VEZ, PROMESA DE HISTORIAS VENIDERAS, en peligro, todas, letras, palabras e historias de no llegar nunca a ser “capturadas”, “ordenadas”… “escritas”. Y sentí una ola de ansiedad oprimiéndome el pecho. 

RESPIRÉ HONDO. Recordé mi ordenador estropeado… y como el mundo no se había derrumbado cuando se había estropeado… Pensé que tampoco el mundo se estaba derrumbando porque una legión de letras, palabras e historias estuviesen “flotando” alrededor de mi amigo escritor y de mí misma… No. Al contrario. Ambos, mi amigo escritor y yo misma, teníamos que calmarnos…, y dar un tiempo a cada “cosa”, permitiendo que las nuevas historias futuras aterrizasen en nuestras cabezas… Me sentí aliviada y seguí conversando con mi interlocutor que empezaba a frotarse las manos para esquivar el frío de un atardecer todavía invernal…

HABÍA LLEGADO EL MOMENTO DE LEVANTAR EL CAMPAMENTO. Y nos pusimos a andar. Lo típico. “¿Hacia dónde vas?”… Comprobamos que podíamos compartir un buen tramo de camino, uno hacia el metro, yo hacia mi coche. Y nos pusimos a andar con pasos más decididos, replegándonos cada cual en su abrigo -sí, todavía queda un poco lejos la primavera…-.

ABORDAMOS UNA BOCACALLE, cuando el escritor se detuvo. “Mira”, dijo. Y miré. “¡Oooooh!”, juraría que exclamé. “Savia que t’agradaria” (“sabía que te gustaría”), dijo el escritor. ¡Cuánta razón tenía!.

A nuestro lado, la puerta de una librería singular, a medio camino entre almacén de libros y viejo trapero. TUUU LibreriaDesde el otro lado del escaparate, una chica nos sonrió, y salió a nuestro encuentro. El escritor y ella se conocían.

HELENA NUALART me explicó en que consistía TUUU Librería.

www.tuuulibreria.org

ES EL LUGAR AL QUE PUEDEN IR LOS LIBROS QUE SE QUEDAN SIN CASA. ALLÍ LOS GUARDAN Y AMONTONAN POR GÉNEROS, Y ELLOS, BAJO TECHO, ESPERAN A QUE LLEGUE SU FUTURO LECTOR, AQUEL QUE LOS ELIJA Y QUE PAGARÁ POR ELLOS LA VOLUNTAD, EL PRECIO QUE QUIERA O PUEDA PAGAR POR ÉL…

¡¡¡SE TRATABA DEL OTRO EXTREMO DE LAS HISTORIAS PERDIDAS!!!. 

Mientras Nuria y Esteve -el escritor-, conversaban de cosas del barrio, yo me paseé fascinada entre las columnas de libros, pedí permiso y saqué unas fotos, y elegí tres pequeños libros de cuentos. Deposité en la caja el dinero por ellos, pensando, lo admito, que estaba pagando demasiado… Me sentí un poco mezquina.

3 libros de cuentos

DECÍA, AL PRINCIPIO, QUE SE ME HA ESTROPEADO EL ORDENADOR… CREÍ QUE EL MUNDO SE IBA A DERRUMBAR, PERO NO, NO SE DERRUMBÓ…. HE TENIDO, A PESAR DE TODO, UNA BUENA SEMANA, UNA “BASTANTE” MUY BUENA SEMANA… SÍ.

 

 

 

 

 

EL HONOR DE VISITAR UNIVERSOS AJENOS… DEL COACHING Y LA ESCRITURA.

se-desmayo-en-el-sofa_25350ES UNA TARDE DE VENTOLERA ENCENDIDA, una de esas tardes en las que lo propio sería desaparecer en el sofá, con mantita y una peli…, una tarde para adomecerse a ratos, despertarse otros…, y después de una peli, una más.

Sí, es una tarde de esas. Una tarde de abandono, de desmayo, una tarde para dejarse ir, para no pensar…

PERO NO, NO PUEDE SER. 


ventolera 1

Que la tarde ventee todo lo que quiera. Que los árboles sobrevivan a las sacudidas de los iracundos anemois. Que mi perra esté en guardia, al lado de la puerta que zozobra. Que se agiten las hiedras que bordean mi ventana… Pero no, no puede ser.

Yo no puedo desaparecer en el sofá.

Esta tarde, tengo una cita.

 TENGO UNA CITA con escritores y escritoras. Hombres y mujeres que habitan universos propios, ajenos al mío, y, durante un tiempo, paralelos entre sí. 

Ahora, los universos paralelos se han encontrado. No, no chocan entre ellos, sino que, a prudencial distancia, se ven, se miran… Las leyes físicas que sostienen las galaxias en su sitio, que impiden un holocausto cósmico, también imperan, ahora, entre nosotros, universos personales y sensibles, universos hechos de carne y espíritu, universos de palabra.

SENTADA DELANTE DEL ORDENADOR -ronquea un poco el disco duro…, mmm-, abro correos, descargo archivos, abro carpetas, coloco y ordeno… Cada autor, su carpeta, y en cada carpeta, sus textos.

Delante del ordenador, voy carpeta a carpeta, y en cada carpeta, visito cada texto…

papeles antiguosCON CADA TEXTO que leo y releo, descubro, a veces, comas sobrantes y añoro las ausentes… 

CON CADA TEXTO que leo y releo, mi cabeza se acerca al corazón de su autor…

CON CADA TEXTO que leo y releo, mi corazón empieza a palpitar al ritmo de ese otro corazón, y reconozco ilusiones y decepciones que no me pertenecen, proyectos llenos de alma que buscan un camino que les convierta en obras, obras que buscan un camino que les acerque a sus lectores…

 

SOPLEN VIENTOS, SOPLEN… EN ESTA TARDE DE VIENTO, ME SIENTO UNA PERSONA AFORTUNADA… Las palabras, mis queridas palabras, mis amadas palabras, me sirven, a mí, para ser y sentir, para ser y decir. Pero las palabras, mis queridas, amadas palabras, me sirven, también, para ser y sentir más allá de mí misma, al tiempo que intento que otros puedan ser y decir aquello que son y sienten… Los universos, entonces, distintos y paralelos, bailan entre sí… Y no universos, sino galaxias completas se instalan en la habitación y sobrevuelan mi mesa, mi cabeza, mi ordenador y mi corazón.

 

 

 

 

 

 

 

BACKSTAGE. Y NO SÓLO ES COSA DEL ROCK. LA QUÍMICA Y LA CREACIÓN. Y ALGUNOS AGRADECIMIENTOS.

(Con todo mi agradecimiento a Ana Robert, química de profesión y pasión, y a unas cuantas charlas con muchos Sujetos, Verbos y Predicados, pero también con mucho Carbono, Hidrógeno, Oxigeno y algo de Nitrógeno. He aprendido a percibir y disfrutar la vida desde la perspectiva del átomo… Gracias a Ana y gracias a Big Bang Theory y a la señorita Gema, profesora de Física y Química de mi cole. Y gracias al rock&roll y a lo vivido en el backstage de unos cuantos conciertos)

LAS LUCES SON SIEMPRE MUY… ESTIMULANTES. Estar en el escenario, con los focos iluminándonos y el público mirándonos, ¡ah!, ¡eso es…!, ¡es…!. ¡ES!. Y si lo saboreas una vez, por lo común, ya siempre tienes hambre de más. 

focos encendidosHe visto unas cuantas veces las luces encenderse. He visto, unas cuantas veces, cómo los focos iluminan a otros, cómo el público los mira…Sí, también alguna vez, las luces se han encendido para mí, los focos me han iluminado y el público me ha mirado… Y es curioso como un escenario -cualquier escenario, el de un teatro, una sala de conciertos, de conferencias, un aula, una mesa entre el público y tú o, simplemente, un círculo de personas sentadas en sus sillas, pero ocupando tú un vértice mental de ese círculo a modo de líder o moderador-, es curioso, decía, como un escenario te hace “más alto”, “más guapo”, “más inteligente”, “más listo”, “más deseado…”, “más…”, “más…”, “más…”. Y después de tanto “más”, cuando las luces se apagan y ya nadie te mira…, quieres “más”.

                                      MÁS, MÁS, MÁS… Y MÁS: CUESTIÓN DE QUÍMICA

Químicamente la explicación se me antoja, de repente, bastante fácil. Todo es cuestión de adrenalina. Obsérvese qué es la adrenalina…

Éste es -a ojos de los químicos-, su aspecto.

Un poquito de Oxígeno, algo de Hidrógeno, Carbono, Nitrógeno… Unos enlaces simples, otros dobles… Adrenalina. Una hormona que actúa como neurotransmisor. La fabricamos en las glándulas suprarrenales. Es una hormona muy útil cuando hemos de salvar la vida… Y si hemos de salvar la vida y no la fabricamos por nosotros mismos, ya la hay fabricada y nos la pueden inyectar -la epinefrina, la llaman los médicos, y es lo que Travolta le inyecta a Uma Thurman para salvarla de la sobredosis de cocaína en “Pulp Fiction”-.

El caso es que bajo las luces, mientras nos miran, en cualquier escenario, del más aparatoso al más sencillo, fabricamos adrenalina. La fabricamos por nosotros mismos porque, bajo las luces y mientras nos miran, “algo” estamos haciendo, porque por eso ocupamos ese lugar en un escenario cualquiera, y, ese “algo”, de un modo u otro, hemos de hacerlo de manera que estemos a la altura de toda la atención concitada… Es una situación de estrés y hemos de “sobrevivir”. Y con la adrenalina recorriéndonos el cuerpo, “sobrevivimos”, porque experimentamos un estado -momentáneo- de euforia… ¡Nuestro cuerpo está al máximo de energía!, ¡notamos la vida explotando en nosotros!, ¡somos vida en estado puro!.

Después, cuando las luces se apagan y ya nadie nos mira, entonces experimentamos una agradable sensación de relax porque, ahora, liberamos endorfinas. Las endorfinas son neuro-péptidos. Las hay de 3 tipos. Obsérvese una de ellas…

Éste es -a ojos de los químicos- su aspecto.

Un poco de Oxígeno, algo de Nitrógeno, bastante de R que representa a los hidrocarburos alifáticos, o sea, Carbono e Hidrógeno, lo que quiere decir que, en el dibujo anterior, cada vez que vemos una R, estamos viendo esto

Las endorfinas, después del estrés, después de haber estado expuestos al poder arrollador de la adrenalina, nos relajan, tranquilizan, nos proporcionan un bienestar muy gratificante… Son las “hormonas de la felicidad” y las almacenamos en el hipotálamo, liberándolas a través de la médula espinal.

En resumen, el “subidón” que nos proporciona ser “protagonistas” depende de unas glándulas que están por encima de nuestros riñones, y la “paz” que vivimos cuando el espectáculo termina, depende de nuestro hipotálamo… Todo es un ir y venir de Carbono, Hidrógeno, Nitrógeno y Oxígeno. Y este ciclo es tan intenso, fantástico y seductor, que ejerce, prácticamente sobre cualquiera que lo experimente, una auténtica “adicción”. Vivido una vez, queremos repetirlo.

PERO LLEGA UN MOMENTO EN QUE TODO TERMINA. Las luces se apagan, la gente se va. El “show” ha llegado a su fin, la adrenalina se ha esfumado y las endorfinas se retiran a su almacén. Todo lo que empieza, acaba. 

salas vacias

 

HE VISTO A “ESTRELLAS” EN PANTUFLAS. Es el tiempo del BACKSTAGE profundo. Regresamos a la vida corriente, a los días sin focos ni público. Y este es, realmente, un tiempo tan necesario como inevitable, porque el “espectáculo” no es eterno ni permanente, porque también en esto existe la alternancia.

Situados detrás del “escenario”, llegan las horas de trabajo. Del “otro” trabajo. Del trabajo en silencio, poco ruidoso. Es el tiempo de “ver”, “mirar”, “oír”, “escuchar”… Es el tiempo de “pensar”. 

EN OCASIONES, HAY CIERTA RESISTENCIA A OCUPARSE EN EL “TIEMPO DEL PENSAMIENTO”. Parece que el tiempo se vuelve más lento y plomizo, que no hay “efervescencia” en las horas que pasan, en los minutos y segundos que caminan, pesadamente, por los relojes y las cabezas… No es raro que, entonces, nos demos “a la fuga”.

No, no se trata únicamente de encontrar mil cosas que hacer, distintas de aquello que, sabemos, es nuestro trabajo esencial: nuevas canciones para nuevos discos y conciertos, nuevos textos para nuevos libros, nuevas formas de impartir un temario en el aula, nuevas formas de impartir terapias, nuevos talleres y conferencias…  Esto es lo que tenemos que hacer. Lo sabemos y lo queremos hacer. Pero nos entretenemos en otros asuntos, nos perdemos, a menudo, en los reflejos pálidos del escenario que, en algún momento, hemos ocupado…, y así, casi cada nuevo acto que acometemos guarda relación con las luces que nos han iluminado, con las ganas de que los focos nos alumbren de nuevo, y no tanto con “aquello” que vamos a hacer, el día que volvamos a escena, en esa escena. Nos dispersamos en el universo “promocional”, en la periferia de la creación sustancial.

EL BACKSTAGE ES, INTUYO, OTRA COSA. Probablemente, todos lo sabemos, todos lo conocemos porque lo hemos visitado, porque lo hemos “vivido”. El Backstage es un espacio entre nuestro cerebro y nosotros mismos, un espacio sin luces, sin testigos, sin fuegos artificiales… Como no es ruidoso ni deslumbrante…, su seducción es sutil y requiere, de nosotros, atención y concentración. Pero ahí está el germen de la “creación”. 

SE ME HA OCURRIDO VISITAR EL PAISAJE DEL PENSAMIENTO. Se me ha ocurrido que, quizás, sí hay fuegos de artificio cada vez que nos ponemos a pensar, a crear… Otra cosa es que yo no lo sepa, que quizás, muchos no lo sepamos, o que, simplemente, no seamos conscientes de lo que pasa “ahí” dentro, en nuestras cabezas, o que no recordemos lo que quizás aprendimos en el colegio…  Y, tal vez, si comprendemos y “vemos” la fiesta de luz que se produce cuando “pensamos”, nos enamoremos de este otro escenario y sepamos crear una “adicción” a él, en su estado puro, adicción al fascinante universo de nuestro backstage personal e intransferible, mental.

En ese órgano llamado cerebro hay 1.000 millones de neuronas por cada milímetro cuadrado. Eso dicen los expertos. Por una limitación estrictamente personal, me resulta… inimaginable.

Las neuronas son células del sistema nervioso con una gran excitabilidad eléctrica y las hay de distintos tipos.

Estos millones y millones de neuronas, se comunican entre sí. “Hablan” las unas con las otras en una reacción electroquímica que crea y recrea, una y otra vez, circuitos y conexiones. A este “diálogo electroquímico” se le llama Sinapsis, y, cuando “pensamos”, en nuestro cerebro ocurren cosas tan extraordinarias como las que podemos ver aquí…

¿NO ES ACASO MÁGICO LO QUE OCURRE EN NUESTRO BACKSTAGE MENTAL?, ¿ACASO NO TIENE LUZ Y ARTIFICIO?. Son exactamente estas cosas las que ocurren cuando “creamos”. 

Así pues, seamos generosos con nuestro tiempo de Backstage. Disfrutémoslo. Ocupémonos de aquello que es esencial. Creemos. No nos distraigamos con excusas. ¡Prendamos la mecha de la sinapsis!. Y cuando tengamos, de nuevo, algo que ofrecer, entonces volverán los días de escenarios, focos y público…

 

 

 

 

DE INADAPTACIÓN, DE ESCRITORES Y DE ESCRITURA… (agradecimientos a Paul Auster)

HOY, EN FACEBOOK, UN “AMIGO” DE LA RED HA ADVERTIDO que “se cargaría” a la siguiente persona que compartiese con él un mensaje de autoayuda. Me he sonreído y, por supuesto, he ideado un “falso mensaje de autoayuda”, bastante estúpido, y lo he compartido con él. Entonces, ha bromeado conmigo, anunciándome que “se me había cargado”, y nos hemos enredado en un par más de “falsos mensajes de autoayuda”, uno suyo y otro mío. Bueno, han sido unas risas y, por un rato, me he sentido “dentro” del grupo de los que no soportan el espíritu de “la felicidad imperante en las redes sociales”.

Lo cierto es que cada vez estoy más convencida de que algo anda mal en mí. Cada vez estoy más segura de que estoy enferma, de que soy una inadaptada.

Es inevitable que lo crea porque, a mi alrededor, hay personas que hablan, a diario y con entusiasmo, de la “conciencia propia”, de buho-autoayuda“alcanzar los objetivos”, de “ser feliz”, e insinúan -o incluso revelan- secretos para conseguir todo eso y mucho más. Confieso que les envidio cuando les veo celebrar cada nuevo día, cada amanecer, cada anochecer, y dibujar corazones y flores, y “agradecer”, permanentemente y en mayúsculas, todo cuanto son ellos mismos y todo cuanto la vida es. Sonríen, explican fábulas aleccionadoras, reproducen memes esperanzadores…, mensajes de autoayuda. Les veo convencidos de lo que hablan. Hasta parecen felices -aunque nunca estoy del todo segura de que realmente lo sean: supongo que mi desconfianza es uno de los síntomas de mi enfermedad-.

También es verdad que, a diario, tropiezo con otra clase de personas, muy distintas a las anteriores -ofrases-de-enfado-bonitas no tanto porque, a veces, son las mismas-, que están permanentemente enfadadas -muy enfadadas- con los demás, con lo que otros hacen o dicen. Son esas personas que afirman, por ejemplo, “sí, ya lo sé, soy una persona muy salomónica” -nunca estoy del todo segura de que realmente sepan lo que quiere decir eso de “ser “muy” salomónico”-, “para mí, todo es blanco o negro”. Es su declaración de principios. Después, invariablemente, empieza el “ataque” al otro que, supongo, ha de ser un “otro blanco” o bien un “otro negro”, en un mundo cromáticamente, a mi parecer, bastante limitado. Por lo general, terminan su discurso asegurando que quieren -y mucho-, a la persona que acaban de juzgar -y condenar-. Confieso que les envidio porque tienen una claridad meridiana en su manera de mirar el mundo -aunque nunca estoy del todo segura de que realmente lo estén mirando: supongo que mi desconfianza es otro de los síntomas de mi enfermedad-.

Quizás el síntoma más revelador de mi inadapatación -o uno de los más significativos-, es que paso mucho tiempo intentando ser parte del primer grupo de personas y paso otro tanto intentando ser parte del segundo, en un vaivén existencial al que le falta, tanto en una dirección como en otra, convicción. Creo que mis esfuerzos son sólo ganas de “pertenecer”, pero, claro, siempre me quedo “fuera”. Ni los unos ni los otros me llegan nunca a aceptar por completo, ni yo, realmente, me quiero quedar nunca ni con los primeros ni con los segundos. Y lo mismo me ocurre con terceras, cuartas, quintas o sextas “tipologías” humanas.

A menudo me he quedado “fuera” de cualquier grupo, en cualquier circunstancia, en todo momento y en cualquier lugar. De hecho, siempre he tenido la sensación de vivir “fuera” intentando estar “dentro”. 

rockUn día, una vieja gloria del rock -no, no es Springsteen, ni Bono, sino una estrella local y menor pero muy, muy constante-, después de muchos años de habernos conocido, después de haberle acompañado -a él y a su banda- en unos cuantos conciertos, ocupando yo un lugar indefinido en el backstage, me miró a los ojos y me dijo  con su voz ronca: “siempre he pensado que tú no estabas dónde debías, que no eras de los nuestros…”. Me sonrojé. Él tenía razón, pero no imaginaba que yo fuese tan transparente. 

Cuando me recuerdo en el colegio…, tampoco acierto a “verme” “dentro”  y sí bastante “fuera”. 

Cuando me recuerdo en cualquiera de mis trabajos…, tampoco acierto a “verme” “dentro” y sí bastante “fuera”.

Cuando me recuerdo en comidas y cenas…., tampoco acierto a “verme” “dentro” y sí bastante “fuera”.

Incluso cuando me recuerdo en familias -he navegado por varias además de la propia-…., tampoco acierto a “verme” dentro y sí bastante “fuera” –siendo cuñada, pero poco, siendo nuera, pero poco, siendo prima, pero poco…, a veces, siendo hija, pero poco-.

buhoreloj

Pero sigo queriendo estar “dentro”. Tanto es así, que he solicitado entrar en un grupo de coleccionistas de búhos. Han contactado conmigo hace apenas un instante. Todo ha ido muy bien. Hemos intercambiado unas fotos de algunos búhos. Me han dado la bienvenida…., pero…., bueno, a punto de estar “dentro”, no lo estoy aún. Han contactado conmigo desde un móvil y necesitan estar con un ordenador para poder añadirme al grupo. O sea, que sigo “fuera”… Como siempre.

Es un poco inquietante esta manera de vivir. Un poco triste. Un poco desalentador, un poco desolador. Consiste en ir andando siempre, permanentemente, con la sensación de que, estando aquí, deberías estar allí o allá… Lo cierto es que cada vez estoy más convencida de que algo anda mal en mí. Cada vez estoy más segura de que estoy enferma, de que soy una inadaptada…

Al borde de las lágrimas -o del psicólogo-, en medio de estas reflexiones, me he paseado por el paisaje de mis escritores favoritos.

Como lectora, entre escritores, estoy “dentro”, pero también “fuera” porque ellos -al menos, la mayoría- no saben que yo existo. Y como escritora, ando fabricándome…, así que, de momento, estoy “dentro” porque escribo y también “fuera” porque sigo persiguiendo mis nuevos relatos, para un nuevo libro, y soñando a mis futuros lectores.

Pero, ¡ah!, la Literatura… Una vez más me ha salvado de melancolías y tristezas, ha secado lágrimas, ha alimentado mi ánimo  y alentado mi espíritu. ¡Ah!, la Literatura me ha devuelto a Paul Auster (1947), “mi” Paul Auster. 

A Auster le debo lecturas apasionantes y apasionadas, lecturas a propósito del universo fluido de las casualidades, lo cotidiano penetrando en lo esencial y sustancial… “El país de las últimas cosas” (1987), “El cuaderno rojo” (1993), han sido, son, parte de mi escuela. 

Un vídeo de Paul Auster, una entrevista suya, me ha hecho comprender que, tal vez, quizás, después de todo, sí estoy “dentro” de alguna parte, sí pertenezco a un lugar y sí formo parte, con otros humanos, de “algo”… LA ESCRITURA.

 

 

PINOCHO LE ESPERA EN CASA…

A continuación, un cuento. Un borrador de cuento.maquina-de-escribir

La escritura surge, en ocasiones, de repente. La realidad y sus detalles, sus pequeñas cosas, la provocan. 

Hoy, en un día entre triste y alegre, entre silencioso y ruidoso, entre soleado y sombrío, ocupada en otros asuntos, en la lectura de textos ajenos, en el trabajo de otros, por un instante me he visto distraída, vagando por la casa, buscando algo sin saber el qué, nada físico, algo… algo.

Con una zozobra, una inquietud, una agitación en la yema de los dedos…, así he salido al jardín. He mirado la calle. Arriba y abajo. Desierta. Ha pasado un coche. He dado media vuelta para entretenerme en mirar las plantas que, de momento, sobreviven al frío que, por fin, ha llegado a este lado del mundo. Y, entonces, al levantar la mirada, he visto a Pinocho, mi Pinocho, con la nariz pegada al cristal de una de las ventanas de mi casa. Me ha gustado mucho.

Se me ha ocurrido, así, aparentemente sin más, que tenía que escribir sobre la alegría que me ha producido el “encuentro” con la marioneta. “Algo” me decía que lo tenía que hacer.

He empezado escribiendo en primera persona. Pero no funcionaba. He borrado las pocas líneas escritas y me he hecho un café. He vuelto a empezar. Ahora, en tercera persona. Necesitaba escribir no desde un “yo” que me llevaría, directamente, a mi propia experiencia, y no era eso lo que quería. Necesitaba contar “otra cosa”. Sí quería aferrarme a Pinocho y al efecto que me había provocado, a la emoción feliz que me había despertado. Pero sólo como excusa para crear a “otra” persona, un personaje, y contar “otra” historia, su historia.

Finalmente, ha crecido el cuento que presento a continuación. Ha sido un ejercicio intenso. Me ha mantenido en la silla varias horas. He visitado a una mujer y un fragmento de su historia. Una pequeña, breve, exploración, por la tristeza y su cura. Y, curiosamente, si alguna sombra de tristeza me acechaba a mí en la vida real, se ha desvanecido mientras a mi protagonista se le desvanecía la suya. Estas cosas, casi mágicas, suceden con la escritura y con los juegos de percepciones que crea, con las oportunidades que escribir ofrece de mirar cualquier cosa desde otra parte, desde fuera de uno mismo aunque, tarde o temprano, uno vuelva a uno mismo…

CUENTO:

                                                                                             PINOCHO LE ESPERA EN CASA…

BRILLABA EL SOL Y SOPLABA VIENTO DEL NORTE. Ella caminaba con paso rápido, jugando disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran la alfombra de las aceras. Caminaba encogida en sí misma, con las mejillas frías, la nariz helada. El pañuelo que volteaba su cuello, volaba, y ella lo sujetaba como cometa prendida a su cuerpo… Caminaba poniendo cuidado en evitar las calles dónde tropezarse con conocidos. No era difícil. Las calles estaban desiertas y podía esquivar las dos únicas en las que se podía encontrar con alguien a quien tener que saludar y sonreír; no necesitaba pisarlas para llegar a casa. Un alivio. No andaba con ganas de saludar. No andaba con ganas de sonreír. No andaba con ganas de otra cosa que no fuese jugar disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran alfombra en las aceras…

Llevaba días con el espíritu ausente, la mirada triste. Sería melancolía. Sería que el día se vestía de noche a media tarde…

“¿QUÉ TE PASA?”, le había preguntado su marido, con algo de insistencia y un poco de impaciencia, la noche anterior. “Yo que he llegado tan contento…”, se lamentó.

Ella estaba acostada, aunque era temprano, cuando él entró de la calle. Ahora, su lamento la entristeció todavía más y sintió deseos de saltar de la cama y sonreír, de cascabelear a su lado, de preguntarle cómo le había ido el día… Pero no se movió. Siguió acostada, con la tele encendida frente a la cama. “¿Qué te pasa?”, le volvió a preguntar él desde el umbral de la puerta del dormitorio. Ella se encogió de hombros e hizo un mohín de niña. “No sé”, dijo, “estoy triste”. Pero sí sabía. Sabía que no quería preguntarle cómo le había ido el día porque él diría “Muy bien. Bien. Muy bien”, y añadiría, “Ya te dije que hay que hacer las cosas bien, que si las cosas se hacen bien, salen”. Y ella pensaría “se cree que soy idiota. Si soy yo la que siempre le he dicho que las cosas hay que hacerlas bien para que salgan…”, y se enfadaría por el paternalismo con que él la trataba, y lo pensaría y no lo diría porque, si lo decía en voz alta, él contestaría, un poco exaltado, “¿pero quién te trata de idiota?, ¿quién?, ¿no ves que te lo dices tú sola?”, y se iría refunfuñando por el pasillo. “Así no se puede vivir”, le oiría murmurar.

No le faltaba razón. “Así” no se podía vivir. Pero se vivía. Los dos vivían así.

Pasada la medianoche, él se acostó también. “¿Todavía me quieres?”, le preguntó. Ella asintió, incapaz de decirle que sí, que le quería muchísimo, que de tanto quererle, se sentía, poco a poco, morir… El colchón se hundía en la mitad y terminaban los dos con dolor de riñones. Habían aprendido a alejarse el uno del otro, a buscar un equilibrio incómodo, cada cual en su lado de la cama. En algún momento de la larga noche, antes de que el insomnio la asaltase, sus pies se rozaban. Era un consuelo. Entonces llegaba el insomnio, el cosquilleo en las piernas, la pena, la angustia, y esa tristeza más intensa ahora de lo que había sido en todo el día. Terminaba levantándose, acariciando la pierna de él, por encima de la sábana, antes de salir de la habitación y ponerse a recorrer la casa dormida, empeñada en capturar sus sonidos: el crujir del suelo, el zumbido de la nevera…, o un búho solitario en los árboles vecinos.

Ya por la mañana, aquella mañana, él se levantó primero y la encontró dormida en el sofá. La besó y se fue. Un rato después, ella se levantó también, se lavó los dientes, se vistió unas mallas viejas, una camiseta vieja, se abrigó con un jersey de lana y se envolvió el cuello con un pañuelo. Salió a la calle. Tenía que ir a la única oficina bancaria del pueblo. Habían acordado que ella retiraría de la cuenta 20 euros y que dejaría los 40 restantes para que él, que había bajado a la ciudad, pudiese sacarlos si los necesitaba. Ella no gastaría ni un euro. Guardaría los 20 en la cartera por si había una emergencia… Y, ahora, volvía a casa.

BRILLABA EL SOL Y SOPLABA VIENTO DEL NORTE. Ella caminaba con paso rápido, jugando disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran la alfombra de las aceras. Caminaba encogida en sí misma, con las mejillas frías, la nariz helada. El pañuelo que volteaba su cuello, volaba, y ella lo sujetaba como cometa prendida a su cuerpo… Caminaba poniendo cuidado en evitar las calles dónde tropezarse con conocidos. No era difícil. Las calles estaban desiertas y podía esquivar las dos únicas en las que se podía encontrar con alguien a quien tener que saludar y sonreír; no necesitaba pisarlas para llegar a casa. Un alivio. No andaba con ganas de saludar. No andaba con ganas de sonreír. No andaba con ganas de otra cosa que no fuese jugar disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran alfombra en las aceras…

Llevaba días con el espíritu ausente, la mirada triste. Sería melancolía. Sería que el día se vestía de noche a media tarde…

ABRIÓ LA PUERTA DEL JARDÍN y la abrumó el desorden de hojas en el suelo, la manguera revuelta, las macetas con plantas muertas… Levantó la mirada buscando el consuelo del cielo y se vio frente al cerezo japonés que, pese al frío, seguía alimentando hojas nuevas, pequeñas, bonitas y vigorosas. Por primera vez en días, una mueca que imitaba a una sonrisa, asomó a sus labios. Y, entonces, lo vio. Ahí estaba Pinocho, al otro lado de la ventana, la nariz contra el cristal. Le pareció bonito, tierno. La marioneta le sonreía. Pinocho… Suspiró fuertemente y algo malo, feo, la abandonó. El pecho se le ensanchó. Los pies pisaron el suelo firmes, felices… Sonreía, ahora sí, y saltó ligera los dos escalones que la separaban de la puerta de la casa. Entró y levantó persianas y abrió ventanas. Ya era hora, pensó… No… Ya era hora, sintió, de poner manos a la obra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE AMIGOS REALES Y AMIGOS VIRTUALES: “BUENO, NADIE ES PERFECTO”

Tengo unos cuantos amigos “virtuales”. 1.103. En Facebook. Y estoy muy contenta.  De estos 1.103, unos cuantos los conozco en el mundo “real”. Proporcionalmente, son unos pocos. A la mayoría los he conocido dentro del mundo “virtual”. 

Diferenciar entre mundo “real” y mundo “virtual”, empieza a aburrirme un poco. Creo que me aburre porque, a estas alturas, ambos mundos conforman, ya, uno solo, y me suena a rancio empeñarse en que son mundos distintos y más rancio me suena empeñarse en distinguir si uno es mejor que otro. En cualquier caso, yo vivo en ambos, y puesto que mi vida es una, vivo en un solo mundo. No sé si me explico.

Creo entender que el -para mí- “conflicto imaginario” entre lo real y lo virtual tiene mucho que ver con los progresos tecnológicos que han ido -y van- varios pasos por delante de los “mapas mentales” de muchos de nosotros, sobretodo de los que crecimos en un mundo sin móviles ni ordenadores personales, que usábamos cabinas telefónicas y bibliotecas, y que nos hicimos adultos con la explosión de teléfonos de medio quilo y ordenadores con pantallas verdes. Ahora usamos smartphones y portátiles constantemente. Y, además, llegó Internet. Del remoto Arpanet, la red de redes se socializó y globalizó -más o menos-, así que también somos usuarios de esa biblioteca ambulante que llamamos “buscadores”.

¡¡¡Ah!!!, ¡¡¡cuántas cosas llevamos en el bolsillo!!!, ¡¡¡”cabinas telefónicas” en miniatura y “bibliotecas” ambulantes!!!. Personalmente, me entusiasma, un entusiasmo que nace a cambio de ir modificando, gradualmente -y, por mi parte, sin demasiada resistencia-, una manera de entender y concebir el mundo y, especialmente, la relación entre nosotros, los humanos.

No sé situar fronteras cronológicas precisas, porque me he encontrado con gente de mi década (50) muy avezada en estas “cosas” de la tecnología y la comunicación, y con gente más joven (20) muy torpe en esta materia, y lo mismo a la inversa, así que, incluso para ciertos convencionalismos asociados a la edad y a los usos y costumbres según la década de tu vida en la que estés, el “nuevo” mundo se carga arquetipos  -lo que, por cierto, multiplica mi entusiasmo por la realidad que me está tocando en suerte vivir-. Sí tengo la impresión, sin embargo, que ese empeño preocupado por diferenciar lo “real” de lo “virtual” está en manos, principalmente, de las gentes de mi generación y alrededores -sólo es una impresión personal…-.

Pues bien, en todos los entornos en los que yo he usado y uso tecnología y redes, tanto en lo profesional como en lo personal, las he disfrutado y disfruto mucho. Intento imaginar algún inconveniente…. y, así, a voz de pronto, no, no se me ocurre ninguno.

Un correo me permite reflexionar atentamente lo que quiero decir y leer, atentamente, lo que me quieren decir. Y si queda algún punto impreciso en la escritura, el móvil me permite conversar con el interlocutor para, de viva voz, aclarar el punto impreciso. Perfecto.

Cuando camino por la calle, como siempre atenta y curiosa por cuanto veo y encuentro -ya caminaba así antes de Facebook-, si tropiezo con algo, a mis ojos interesante, puedo fotografiarlo y compartirlo en las redes, en un instante, pensando especialmente en aquellos amigos míos que las habitan -las redes-, y con los que hemos creado un juego de intereses parecidos. Tengo, por ejemplo, una “amiga virtual” que a diario retrata y comparte “sus” cielos. Pienso en ella muchas veces cuando un cielo me sorprende y decido, yo también, compartirlo. Intercambiamos “likes” o “me encanta”, y, de vez en cuando, introducimos algún comentario adicional. Además, se unen al diálogo otras personas que salen de alguna parte, que son “amigas virtuales” suyas o mías, o vete a saber de quién, y que introducen también sus “likes” y sus comentarios. Es una comunidad muy agradable y singularmente unida, muy bien conectada. Por cierto, a la “amiga virtual” que inspira mis cielos, no la he visto nunca personalmente.

Tengo un “amigo virtual” en Japón. Sus fotografías son, a mi parecer, excepcionales, ocurrentes, brillantes, coloristas. Él me anima a probar otros enfoques para mis propias fotos, y si intercambiamos algún comentario, además de los consabidos “likes”, al menos yo he de usar un traductor porque, de momento, no me manejo en japonés -sospecho que él tampoco se maneja en castellano-. Y no importa que no compartamos idioma, ni que vivamos a unas 20 horas de avión. Somos “amigos” porque compartimos un interés común, la manera de mirar y reconstruir lo que vemos en el mundo real que habitamos, cada uno en su origen geográfico, a esas 20 horas de avión.

Cuando en marzo de este año, hubo atentados en Bruselas, gracias a las redes pude saber que una amiga “real” y su familia estaban bien, buscando el modo de regresar a casa, y pude saber también que un amigo belga -al que conozco personalmente-, usuario habitual del metro en el que habían explotado las bombas, estaba a salvo. Lamentando aquel horror, supe, casi inmediata y virtualmente, que estas personas queridas estaban bien.  

Felicito santos y cumpleaños y soy felicitada también, y además de muy buenos deseos -¡qué mejor que dar y recibir buenos deseos!-, recibo un vídeo de Janis Joplin el dia de mi santo, un vídeo que, alguien, una persona en alguna parte, una persona que es amiga “virtual”, ha pensado que a mí me podía gustar, y lo ha buscado expresamente para mí, y todo porque tenemos una “amistad” llena de complicidades musicales y estéticas, porque eso es lo que compartimos, porque no, tampoco nos hemos visto en el mundo “real”, y es importante decir que esas complicidades musicales y estéticas no son sólo apariencia, no. Hablan de cómo somos, de cómo pensamos, de cómo miramos el mundo y de cómo intentamos vivirlo. No es asunto baladí…

Me he reencontrado con personas “reales” del pasado, compañeras de colegio de las que nada sabía desde hacía, no sé, 25 ó 30 años. No éramos íntimas, evidentemente, de ahí que perdiésemos el contacto cuando abandonamos el colegio en el que habíamos vivido desde los cuatro años. Y, ahora, gracias a las redes, no sólo sabemos las unas de las otras, sino que hemos descubierto lo que no descubrimos compartiendo pupitre: que tenemos un sentido del humor parecido, que nuestras vidas, aunque distintas, han sido y son similares, que tenemos intereses comunes… Hemos reinventado nuestra relación desde la perspectiva nueva del tiempo, y estamos, gracias a las redes, más cerca ahora de lo que nunca lo estuvimos antes. Así compartimos los viajes que hacemos, las tardes de domingo en el sofá o nuestras andanzas profesionales… Pudimos compartir la despedida prematura de una compañera que se ha ido demasiado pronto… -además, quienes pudimos, sí estuvimos también personalmente en su adiós-.

En las redes veo como muchas personas, mis “amigas”, comparten sus pensamientos y reflexiones, sus enfados y preocupaciones, supongo que con esa pizca de vanidad por tener algo de público al que dirigirse, pero, sobretodo, aprovechando que han encontrando un espacio en el que tener voz -lo que no ocurre tan fácilmente en según que otros entornos-.

Hay quienes comparten recetas de cocina, vídeos de gatos o perros, artículos de prensa, pinturas, video-clips de los 80, juegos del tipo “tu nombre en élfico significa…”, consejos para ser felices, talleres con cuencos tibetanos, fotos de Paul Newman, memes variados, escritores y jams, músicos y jams, bebés recién nacidos, los jueves fotografías de paellas, puestas de sol, amaneceres, planos con un “estoy aquí”…  Como dice un amigo mío -amigo en el mundo “real” y en el “virtual”-, en Facebook (y en las redes en general) “hay mucho ruido”, lo que no me parece que sea un problema: sabiéndolo, se trata de poner oído, eso de la “escucha activa” aplicado a este universo del que somos protagonistas y espectadores.

Profesionalmente, las redes me ayudan a explicar, mejor o peor, qué hago y qué quiero hacer. Comparto mi actualidad, presento mis servicios, y conecto a un nivel muy interesante con quienes empiezan siendo clientes potenciales y terminan siendo personas con las que intercambiar información, conocimientos y aficiones. Me encuentro con otros profesionales, puedo ver su trabajo y ellos pueden ver el mío. Podemos comentarlo. Sí, sospecho que alguna vez me han “copiado” ideas, pero no importa demasiado. Seguramente, ni esas ideas eran originalmente mías, así que también yo debí copiarlas a alguien en alguna parte.

Nunca he eliminado a nadie de mis redes -miento, bloqueé a un tipo que quería saber si estaba casada y que le mandase fotos mías, y  a una chica que se ofrecía a enviarme fotos suyas por privado; ellos son los dos únicos tropiezos en mi manera un tanto indiscriminada -sólo un tanto-, de aceptar amigos-. A mí sí me han eliminado y bloqueado. Y me parece bien. No se trata de molestar a nadie. Si a mí hay alguien con quien no comparto apenas nada o que, incluso, me produce cierto disgusto, me basta con no dar “likes” a sus publicaciones: el mismo sistema se encarga de que esa persona se diluya en la red. No sé porqué, pero me sabría mal “echarles” de mis contactos, me parecería una grosería, un gesto prepotente, una insolencia y, además, extrañamente, incluso en aquellos “amigos” de la red con los que nada comparto, incluso en aquellos que me inspiran un sentimiento de rechazo, a veces, inesperadamente, encuentro una publicación que me resulta interesante, sugerente, inspiradora -y no quisiera perdérmela-.

En las redes acostumbramos a ser todos felices. Hay emoticonos de enojo cuando se inviste un presidente o cuando se habla de independencia -según el color ideológico de cada cual-. Hay emoticonos llorando cuando se trata de recordar a las víctimas de las guerras que hay por el mundo, o se mata a mujeres, o se discrimina a algunos niños, o se desahucia a una familia… Pero cuando reaparecen nuestros rostros, generalmente acostumbramos a ser todos felices. Y me parece bien. Me parece bien que expresemos nuestro disgusto por un mundo que no nos gusta y me parece bien que, pese a todo, ofrezcamos, de nosotros mismos, nuestro lado feliz. Hay, quizás, un punto incoherente entre lo uno y lo otro, pero, bueno, al fin y al cabo, en el mundo “real” tampoco es que haya un grado mayor de coherencia. Será cuestión de ir caminando hacia, como dice una profesora mía, la “congruencia interna” para ir conquistando la “congruencia colectiva”.

Y, naturalmente, sigo pisando la calle, tomando café con otras personas, yendo al cine o al teatro, disfruto de mis viajes en tren, releyendo a Raymond Carver con el traqueteo del vagón… Sigo dando la mano, algunos besos, varios abrazos… Sigo con algunas preocupaciones y unas cuantas satisfacciones… Sigo con el coche estropeado, mientras he conseguido que la impresora vuelva a funcionar después de un leve colapso. Y todo ello, “real”, se filtra y expresa en lo “virtual”, mientras lo “virtual” se filtra y expresa en lo “real”, en una relación recíproca, una comunión que me hace pensar que “la mentalidad de aldea” está cambiando. 

Ryszard Kapuscinski (1932-2007), periodista, historiador, escritor, poeta  y ensayista -Wikipedia “dixit”-, teorizó sobre “la mentalidad de aldea”, la manera cómo se configuró el “mapa mental” que muchos compartimos todavía: pensamos, aún, en sociedades de tamaño pequeño, con un contacto personal y directo entre individuos, el de esa “aldea” original en la que discurría el día a día, dónde se resolvía la provisión de comida y las necesidades de relación y afecto. Pero la sociedad ya no tiene un tamaño pequeño. O sí, la sociedad sigue teniendo ese tamaño pequeño, la aldea de la que forma parte la familia, la vecina embarazada de la casa de al lado, la panadera, el farmacéutico, la médico de cabecera, el taxista…, sólo que la aldea se extiende a vecinas embarazadas que viven en una casa de al lado que, sobre un mapa, hemos de situar al lado de la frontera de…, no sé, Armenia -sí, tengo una amiga “virtual” embarazada que vive en Armenia y una vecina embarazada en la casa que veo desde la ventana de la mía-.

La “aldea” ocupa el mundo entero. Pero, ¿acaso no fue siempre así?. Sólo que ahora, además de saberlo, lo “vemos”, lo “compartimos”, le damos likes, le colocamos emoticonos, lo comentamos… No, no es un sistema perfecto. Pero ya se lo decía Joe E. Brown a Jack Lemmon, en la escena final de “Con faldas y a lo loco”: “Bueno, nadie es perfecto”. ¿No?.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO UNO… HISTORIAS DE LA META ESCRITURA

CAPITULO UNOTodo está listo. Hoy es el día. Ahora, el momento. Empiezo. Click, click, click... Capítulo Uno. ¡Ya está!, ¡aquí está!… Capítulo Uno… Capítulo Uno… Tic-tac, tic-tac, tic-tac… Capítulo Uno. Capítulo Uno. Capítulo Uno… Capítulo Uno… Tic-tac, tic-tac, tic-tac... Cosquilleo en los dedos… Capítulo Uno… Voy a por un café…

Regreso. Todo está listo. Hoy es el día. Ahora, el momento. Empiezo. Leo. Capítulo Uno. Capítulo Uno. Capítulo Uno… Capítulo Uno… Tic-tac, tic-tac, tic-tac… Capítulo Uno. Capítulo Uno. Capítulo Uno… Capítulo Uno… Tic-tac, tic-tac, tic-tac… Cosquilleo en los dedos… Capítulo Uno… Bebo un sorbo de café y miro por la ventana…

Bebo un sorbo de café, miro por la ventana, me levanto y salgo al balcón.

Un poco de aire, taza en mano. Perfecto.

“Relájate”, me digo…

Miro al horizonte -breve, por cierto…-. Balcones y más balcones al frente, arriba, un pedazo de cielo, abajo, el asfalto… y voces: en medio de la calle, un motorista y un automovilista se están gritando, el motorista a la altura de la ventanilla del conductor, gesticulando, las manos volando al aire, una, con el dedo extendido, acusador y amenazante, hacia el conductor del coche que abre la puerta y sale… En las aceras se agolpan algunas personas, no muchas: dos mujeres con carro de la compra, tres adolescentes con sudaderas idénticas…, una chica muy gordita, de pelo oscuro…, reconozco al señor Pepe, del bar de enfrente, “El Mundial”, orondo, cara enrojecida, móvil en mano… La cosa se está complicando… El automovilista es un tipo grande, grande, bien grande, que se acerca al motorista, gesticulando… El motorista, que se ha levantado la visera del casco, echa el cuerpo hacia atrás… Se gritan… Se gritan mucho… Los brazos vuelan y voltean, vuelan y voltean… Me echo yo también hacia atrás en mi balcón… De repente, el motorista se baja la visera, se recoloca en su moto, arranca y sale disparado calle “alante”… El automovilista se queda solo, mirando como el otro se va, sigue dando voces… “Voceando”. Me acuerdo del señor Enrique, un zamorano al que conocí en unas fiestas del barrio y que no “gritaba”: él “voceaba”… Hace tiempo que no le veo… El automovilista se sube a su coche y arranca… Las mujeres con carros reanudan la marcha, los adolescentes con sudaderas idénticas se parten de risa, se retuercen de risa… El señor Pepe guarda el móvil, da media vuelta y regresa a su bar. Le sigue la chica muy gordita de pelo oscuro que entra con él en “El Mundial”… Bebo otro sorbo de café.

CAPITULO UNORegreso. Todo está listo. Hoy es el día. Ahora, el momento. Empiezo. Re-leo. Capítulo Uno. Capítulo Uno. Capítulo Uno… Capítulo Uno… Tic-tac, tic-tac, tic-tac… Capítulo Uno. Capítulo Uno. Capítulo Uno… Capítulo Uno… Tic-tac, tic-tac, tic-tac… Cosquilleo en los dedos… Capítulo Uno… Bebo un sorbo de café y miro por la ventana…

“¿Qué será del señor Enrique?”, pienso. “Tendré que pasar por la Asociación de Vecinos y preguntar por él”.