TENER UNA IDEA. A veces, ocurre. Tenemos una idea. Su metáfora más extendida es “se me ha encendido una bombilla” -he encontrado, por cierto, las primeras bromas a propósito de la necesidad de modernizar la metáfora y hay quién dice “se me ha encendido un led”…, aunque no sé si la propuesta cuajará-.

“Tener ideas” forma parte del ser humano. Es una necesidad para sobrevivir, primero, y para progresar después, y, personalmente hablando, nunca estaré lo suficientemente agradecida a quién inventase la rueda, allá por Mesopotamia, porque yo no sé si hubiese sido capaz de inventarla jamás… Porque no todos tenemos la misma clase de ideas…

Pero, bueno, hemos tenido una idea. La que sea. Se nos ha encendido la bombilla. ¡Todo un regalo!, ¿no?.

Sabemos, incluso, que es una “buena” idea. Lo notamos. Lo sentimos. Magnífico. Magnífico de veras. Además, como es una idea nuestra, está tallada por nuestra capacidad, por nuestro talento, por nuestra habilidad… ¿no?. 

Ahora se trata de convertir la idea en realidad. De eso se trata, ¿no?. Tenemos una idea para llevarla a la práctica. Es el momento de la “innovación”.

Innovar: 1. tr. Mudar o alterar algo, introduciendo novedades. (DLE. RAE).

Mmmm… ¿Significa esto que ninguna “idea” empieza de cero?, ¿que ninguna idea “crea” algo desde la nada…?. Pues parece que no. Parece que creamos -ideamos- siempre a partir de algo pre-existente. Es interesante tenerlo en cuenta. Dejémoslo anotado en nuestra cabeza.

En realidad, tiene todo el sentido del mundo que las “ideas” sean producto de realidades anteriores. Si las ideas surgen para que sobrevivamos y progresemos, es que han de ser respuesta, reacción, a determinadas realidades que, por una u otra razón, son un obstáculo…

Aún así, una idea implica originalidad porque nadie la ha tenido antes, porque no existe nada todavía que se corresponda con la idea que hemos tenido.

Originalidad: 2. f. Actitud, comportamiento o acción originales (‖ que tiene carácter de novedad). (DLE. RAE).

Hemos tenido una idea y necesitamos convencernos de que es “buena”, de que realmente lo es, que no sólo lo sentimos nosotros, sino que de veras es una buena idea. Así que nos preguntamos si nuestra idea es innovadora y original… Algunos, incluso van más allá, y se preguntan si su idea es… “genial”.

Pero, ¿qué es una idea “genial”?. Como siempre, acudo al territorio de las palabras. Veamos algunas definiciones de la palabra “genial”, según el Diccionario de la Lengua Española de la RAE.

3. adj. Sobresaliente, extremado, que revela genio creador.

4. adj. Magnífico, estupendo. U. t. c. adv.

Quizás, nos estamos exigiendo demasiado… Porque ya, en sí mismo, “tener una idea”, sin adjetivos añadidos, genera complejas reacciones. Si, además, pedimos a nuestra idea que sea innovadora, original, incluso genial…, puede que nos estemos complicando mucho las cosas.

A fuerza de dar tantas vueltas -y podemos darlas en un minuto-, empieza a esfumarse el entusiasmo del primer momento… Nos flojea el ritmo mental. Y el emocional. Es el tiempo del “garabato”.

No hay que temer a los garabatos. Hay que disfrutarlos. Ellos son el principio de muchas cosas. Quizás, de todas.

Aprovechemos el garabato para escribir un cuento.

Se titulará “El Garabato”.

Puede tener un protagonista cualquiera. A ser posible, eso sí, que recuerde un poco a tí…

Puede ocurrir en cualquier lugar y en cualquier tiempo. A ser posible, eso sí, parecida a la habitación en la que andas enredado, en un tiempo parecido al que habitas…

Mira tu cabeza… Mira ese garabato que se ha instalado entre tus neuronas… Míralo, obsérvalo, escúchalo… Y escribe, escribe, escribe…