DE AMIGOS REALES Y AMIGOS VIRTUALES: “BUENO, NADIE ES PERFECTO”

Tengo unos cuantos amigos “virtuales”. 1.103. En Facebook. Y estoy muy contenta.  De estos 1.103, unos cuantos los conozco en el mundo “real”. Proporcionalmente, son unos pocos. A la mayoría los he conocido dentro del mundo “virtual”. 

Diferenciar entre mundo “real” y mundo “virtual”, empieza a aburrirme un poco. Creo que me aburre porque, a estas alturas, ambos mundos conforman, ya, uno solo, y me suena a rancio empeñarse en que son mundos distintos y más rancio me suena empeñarse en distinguir si uno es mejor que otro. En cualquier caso, yo vivo en ambos, y puesto que mi vida es una, vivo en un solo mundo. No sé si me explico.

Creo entender que el -para mí- “conflicto imaginario” entre lo real y lo virtual tiene mucho que ver con los progresos tecnológicos que han ido -y van- varios pasos por delante de los “mapas mentales” de muchos de nosotros, sobretodo de los que crecimos en un mundo sin móviles ni ordenadores personales, que usábamos cabinas telefónicas y bibliotecas, y que nos hicimos adultos con la explosión de teléfonos de medio quilo y ordenadores con pantallas verdes. Ahora usamos smartphones y portátiles constantemente. Y, además, llegó Internet. Del remoto Arpanet, la red de redes se socializó y globalizó -más o menos-, así que también somos usuarios de esa biblioteca ambulante que llamamos “buscadores”.

¡¡¡Ah!!!, ¡¡¡cuántas cosas llevamos en el bolsillo!!!, ¡¡¡”cabinas telefónicas” en miniatura y “bibliotecas” ambulantes!!!. Personalmente, me entusiasma, un entusiasmo que nace a cambio de ir modificando, gradualmente -y, por mi parte, sin demasiada resistencia-, una manera de entender y concebir el mundo y, especialmente, la relación entre nosotros, los humanos.

No sé situar fronteras cronológicas precisas, porque me he encontrado con gente de mi década (50) muy avezada en estas “cosas” de la tecnología y la comunicación, y con gente más joven (20) muy torpe en esta materia, y lo mismo a la inversa, así que, incluso para ciertos convencionalismos asociados a la edad y a los usos y costumbres según la década de tu vida en la que estés, el “nuevo” mundo se carga arquetipos  -lo que, por cierto, multiplica mi entusiasmo por la realidad que me está tocando en suerte vivir-. Sí tengo la impresión, sin embargo, que ese empeño preocupado por diferenciar lo “real” de lo “virtual” está en manos, principalmente, de las gentes de mi generación y alrededores -sólo es una impresión personal…-.

Pues bien, en todos los entornos en los que yo he usado y uso tecnología y redes, tanto en lo profesional como en lo personal, las he disfrutado y disfruto mucho. Intento imaginar algún inconveniente…. y, así, a voz de pronto, no, no se me ocurre ninguno.

Un correo me permite reflexionar atentamente lo que quiero decir y leer, atentamente, lo que me quieren decir. Y si queda algún punto impreciso en la escritura, el móvil me permite conversar con el interlocutor para, de viva voz, aclarar el punto impreciso. Perfecto.

Cuando camino por la calle, como siempre atenta y curiosa por cuanto veo y encuentro -ya caminaba así antes de Facebook-, si tropiezo con algo, a mis ojos interesante, puedo fotografiarlo y compartirlo en las redes, en un instante, pensando especialmente en aquellos amigos míos que las habitan -las redes-, y con los que hemos creado un juego de intereses parecidos. Tengo, por ejemplo, una “amiga virtual” que a diario retrata y comparte “sus” cielos. Pienso en ella muchas veces cuando un cielo me sorprende y decido, yo también, compartirlo. Intercambiamos “likes” o “me encanta”, y, de vez en cuando, introducimos algún comentario adicional. Además, se unen al diálogo otras personas que salen de alguna parte, que son “amigas virtuales” suyas o mías, o vete a saber de quién, y que introducen también sus “likes” y sus comentarios. Es una comunidad muy agradable y singularmente unida, muy bien conectada. Por cierto, a la “amiga virtual” que inspira mis cielos, no la he visto nunca personalmente.

Tengo un “amigo virtual” en Japón. Sus fotografías son, a mi parecer, excepcionales, ocurrentes, brillantes, coloristas. Él me anima a probar otros enfoques para mis propias fotos, y si intercambiamos algún comentario, además de los consabidos “likes”, al menos yo he de usar un traductor porque, de momento, no me manejo en japonés -sospecho que él tampoco se maneja en castellano-. Y no importa que no compartamos idioma, ni que vivamos a unas 20 horas de avión. Somos “amigos” porque compartimos un interés común, la manera de mirar y reconstruir lo que vemos en el mundo real que habitamos, cada uno en su origen geográfico, a esas 20 horas de avión.

Cuando en marzo de este año, hubo atentados en Bruselas, gracias a las redes pude saber que una amiga “real” y su familia estaban bien, buscando el modo de regresar a casa, y pude saber también que un amigo belga -al que conozco personalmente-, usuario habitual del metro en el que habían explotado las bombas, estaba a salvo. Lamentando aquel horror, supe, casi inmediata y virtualmente, que estas personas queridas estaban bien.  

Felicito santos y cumpleaños y soy felicitada también, y además de muy buenos deseos -¡qué mejor que dar y recibir buenos deseos!-, recibo un vídeo de Janis Joplin el dia de mi santo, un vídeo que, alguien, una persona en alguna parte, una persona que es amiga “virtual”, ha pensado que a mí me podía gustar, y lo ha buscado expresamente para mí, y todo porque tenemos una “amistad” llena de complicidades musicales y estéticas, porque eso es lo que compartimos, porque no, tampoco nos hemos visto en el mundo “real”, y es importante decir que esas complicidades musicales y estéticas no son sólo apariencia, no. Hablan de cómo somos, de cómo pensamos, de cómo miramos el mundo y de cómo intentamos vivirlo. No es asunto baladí…

Me he reencontrado con personas “reales” del pasado, compañeras de colegio de las que nada sabía desde hacía, no sé, 25 ó 30 años. No éramos íntimas, evidentemente, de ahí que perdiésemos el contacto cuando abandonamos el colegio en el que habíamos vivido desde los cuatro años. Y, ahora, gracias a las redes, no sólo sabemos las unas de las otras, sino que hemos descubierto lo que no descubrimos compartiendo pupitre: que tenemos un sentido del humor parecido, que nuestras vidas, aunque distintas, han sido y son similares, que tenemos intereses comunes… Hemos reinventado nuestra relación desde la perspectiva nueva del tiempo, y estamos, gracias a las redes, más cerca ahora de lo que nunca lo estuvimos antes. Así compartimos los viajes que hacemos, las tardes de domingo en el sofá o nuestras andanzas profesionales… Pudimos compartir la despedida prematura de una compañera que se ha ido demasiado pronto… -además, quienes pudimos, sí estuvimos también personalmente en su adiós-.

En las redes veo como muchas personas, mis “amigas”, comparten sus pensamientos y reflexiones, sus enfados y preocupaciones, supongo que con esa pizca de vanidad por tener algo de público al que dirigirse, pero, sobretodo, aprovechando que han encontrando un espacio en el que tener voz -lo que no ocurre tan fácilmente en según que otros entornos-.

Hay quienes comparten recetas de cocina, vídeos de gatos o perros, artículos de prensa, pinturas, video-clips de los 80, juegos del tipo “tu nombre en élfico significa…”, consejos para ser felices, talleres con cuencos tibetanos, fotos de Paul Newman, memes variados, escritores y jams, músicos y jams, bebés recién nacidos, los jueves fotografías de paellas, puestas de sol, amaneceres, planos con un “estoy aquí”…  Como dice un amigo mío -amigo en el mundo “real” y en el “virtual”-, en Facebook (y en las redes en general) “hay mucho ruido”, lo que no me parece que sea un problema: sabiéndolo, se trata de poner oído, eso de la “escucha activa” aplicado a este universo del que somos protagonistas y espectadores.

Profesionalmente, las redes me ayudan a explicar, mejor o peor, qué hago y qué quiero hacer. Comparto mi actualidad, presento mis servicios, y conecto a un nivel muy interesante con quienes empiezan siendo clientes potenciales y terminan siendo personas con las que intercambiar información, conocimientos y aficiones. Me encuentro con otros profesionales, puedo ver su trabajo y ellos pueden ver el mío. Podemos comentarlo. Sí, sospecho que alguna vez me han “copiado” ideas, pero no importa demasiado. Seguramente, ni esas ideas eran originalmente mías, así que también yo debí copiarlas a alguien en alguna parte.

Nunca he eliminado a nadie de mis redes -miento, bloqueé a un tipo que quería saber si estaba casada y que le mandase fotos mías, y  a una chica que se ofrecía a enviarme fotos suyas por privado; ellos son los dos únicos tropiezos en mi manera un tanto indiscriminada -sólo un tanto-, de aceptar amigos-. A mí sí me han eliminado y bloqueado. Y me parece bien. No se trata de molestar a nadie. Si a mí hay alguien con quien no comparto apenas nada o que, incluso, me produce cierto disgusto, me basta con no dar “likes” a sus publicaciones: el mismo sistema se encarga de que esa persona se diluya en la red. No sé porqué, pero me sabría mal “echarles” de mis contactos, me parecería una grosería, un gesto prepotente, una insolencia y, además, extrañamente, incluso en aquellos “amigos” de la red con los que nada comparto, incluso en aquellos que me inspiran un sentimiento de rechazo, a veces, inesperadamente, encuentro una publicación que me resulta interesante, sugerente, inspiradora -y no quisiera perdérmela-.

En las redes acostumbramos a ser todos felices. Hay emoticonos de enojo cuando se inviste un presidente o cuando se habla de independencia -según el color ideológico de cada cual-. Hay emoticonos llorando cuando se trata de recordar a las víctimas de las guerras que hay por el mundo, o se mata a mujeres, o se discrimina a algunos niños, o se desahucia a una familia… Pero cuando reaparecen nuestros rostros, generalmente acostumbramos a ser todos felices. Y me parece bien. Me parece bien que expresemos nuestro disgusto por un mundo que no nos gusta y me parece bien que, pese a todo, ofrezcamos, de nosotros mismos, nuestro lado feliz. Hay, quizás, un punto incoherente entre lo uno y lo otro, pero, bueno, al fin y al cabo, en el mundo “real” tampoco es que haya un grado mayor de coherencia. Será cuestión de ir caminando hacia, como dice una profesora mía, la “congruencia interna” para ir conquistando la “congruencia colectiva”.

Y, naturalmente, sigo pisando la calle, tomando café con otras personas, yendo al cine o al teatro, disfruto de mis viajes en tren, releyendo a Raymond Carver con el traqueteo del vagón… Sigo dando la mano, algunos besos, varios abrazos… Sigo con algunas preocupaciones y unas cuantas satisfacciones… Sigo con el coche estropeado, mientras he conseguido que la impresora vuelva a funcionar después de un leve colapso. Y todo ello, “real”, se filtra y expresa en lo “virtual”, mientras lo “virtual” se filtra y expresa en lo “real”, en una relación recíproca, una comunión que me hace pensar que “la mentalidad de aldea” está cambiando. 

Ryszard Kapuscinski (1932-2007), periodista, historiador, escritor, poeta  y ensayista -Wikipedia “dixit”-, teorizó sobre “la mentalidad de aldea”, la manera cómo se configuró el “mapa mental” que muchos compartimos todavía: pensamos, aún, en sociedades de tamaño pequeño, con un contacto personal y directo entre individuos, el de esa “aldea” original en la que discurría el día a día, dónde se resolvía la provisión de comida y las necesidades de relación y afecto. Pero la sociedad ya no tiene un tamaño pequeño. O sí, la sociedad sigue teniendo ese tamaño pequeño, la aldea de la que forma parte la familia, la vecina embarazada de la casa de al lado, la panadera, el farmacéutico, la médico de cabecera, el taxista…, sólo que la aldea se extiende a vecinas embarazadas que viven en una casa de al lado que, sobre un mapa, hemos de situar al lado de la frontera de…, no sé, Armenia -sí, tengo una amiga “virtual” embarazada que vive en Armenia y una vecina embarazada en la casa que veo desde la ventana de la mía-.

La “aldea” ocupa el mundo entero. Pero, ¿acaso no fue siempre así?. Sólo que ahora, además de saberlo, lo “vemos”, lo “compartimos”, le damos likes, le colocamos emoticonos, lo comentamos… No, no es un sistema perfecto. Pero ya se lo decía Joe E. Brown a Jack Lemmon, en la escena final de “Con faldas y a lo loco”: “Bueno, nadie es perfecto”. ¿No?.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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