BACKSTAGE. Y NO SÓLO ES COSA DEL ROCK. LA QUÍMICA Y LA CREACIÓN. Y ALGUNOS AGRADECIMIENTOS.

(Con todo mi agradecimiento a Ana Robert, química de profesión y pasión, y a unas cuantas charlas con muchos Sujetos, Verbos y Predicados, pero también con mucho Carbono, Hidrógeno, Oxigeno y algo de Nitrógeno. He aprendido a percibir y disfrutar la vida desde la perspectiva del átomo… Gracias a Ana y gracias a Big Bang Theory y a la señorita Gema, profesora de Física y Química de mi cole. Y gracias al rock&roll y a lo vivido en el backstage de unos cuantos conciertos)

[av_image src=’http://mercemartiarolas.com/wp-content/uploads/2017/01/atomo-300×278.gif’ attachment=’1386′ attachment_size=’medium’ align=’center’ animation=’no-animation’ styling=» hover=» link=» target=» caption=» font_size=» appearance=» overlay_opacity=’0.4′ overlay_color=’#000000′ overlay_text_color=’#ffffff’][/av_image]

LAS LUCES SON SIEMPRE MUY… ESTIMULANTES. Estar en el escenario, con los focos iluminándonos y el público mirándonos, ¡ah!, ¡eso es…!, ¡es…!. ¡ES!. Y si lo saboreas una vez, por lo común, ya siempre tienes hambre de más. 

focos encendidosHe visto unas cuantas veces las luces encenderse. He visto, unas cuantas veces, cómo los focos iluminan a otros, cómo el público los mira…Sí, también alguna vez, las luces se han encendido para mí, los focos me han iluminado y el público me ha mirado… Y es curioso como un escenario -cualquier escenario, el de un teatro, una sala de conciertos, de conferencias, un aula, una mesa entre el público y tú o, simplemente, un círculo de personas sentadas en sus sillas, pero ocupando tú un vértice mental de ese círculo a modo de líder o moderador-, es curioso, decía, como un escenario te hace «más alto», «más guapo», «más inteligente», «más listo», «más deseado…», «más…», «más…», «más…». Y después de tanto «más», cuando las luces se apagan y ya nadie te mira…, quieres «más».

                                      MÁS, MÁS, MÁS… Y MÁS: CUESTIÓN DE QUÍMICA

Químicamente la explicación se me antoja, de repente, bastante fácil. Todo es cuestión de adrenalina. Obsérvese qué es la adrenalina…

[av_image src=’http://mercemartiarolas.com/wp-content/uploads/2017/01/formula_adrenalina-300×160.png’ attachment=’1348′ attachment_size=’medium’ align=’center’ animation=’no-animation’ styling=» hover=» link=» target=» caption=» font_size=» appearance=» overlay_opacity=’0.4′ overlay_color=’#000000′ overlay_text_color=’#ffffff’][/av_image]

Éste es -a ojos de los químicos-, su aspecto.

Un poquito de Oxígeno, algo de Hidrógeno, Carbono, Nitrógeno… Unos enlaces simples, otros dobles… Adrenalina. Una hormona que actúa como neurotransmisor. La fabricamos en las glándulas suprarrenales. Es una hormona muy útil cuando hemos de salvar la vida… Y si hemos de salvar la vida y no la fabricamos por nosotros mismos, ya la hay fabricada y nos la pueden inyectar -la epinefrina, la llaman los médicos, y es lo que Travolta le inyecta a Uma Thurman para salvarla de la sobredosis de cocaína en «Pulp Fiction»-.

[av_video src=’https://youtu.be/ZOoJoTAXDPk’ format=’16-9′ width=’16’ height=’9′]

El caso es que bajo las luces, mientras nos miran, en cualquier escenario, del más aparatoso al más sencillo, fabricamos adrenalina. La fabricamos por nosotros mismos porque, bajo las luces y mientras nos miran, «algo» estamos haciendo, porque por eso ocupamos ese lugar en un escenario cualquiera, y, ese «algo», de un modo u otro, hemos de hacerlo de manera que estemos a la altura de toda la atención concitada… Es una situación de estrés y hemos de «sobrevivir». Y con la adrenalina recorriéndonos el cuerpo, «sobrevivimos», porque experimentamos un estado -momentáneo- de euforia… ¡Nuestro cuerpo está al máximo de energía!, ¡notamos la vida explotando en nosotros!, ¡somos vida en estado puro!.

Después, cuando las luces se apagan y ya nadie nos mira, entonces experimentamos una agradable sensación de relax porque, ahora, liberamos endorfinas. Las endorfinas son neuro-péptidos. Las hay de 3 tipos. Obsérvese una de ellas…

[av_image src=’http://mercemartiarolas.com/wp-content/uploads/2017/01/endorfinas-245×300.png’ attachment=’1352′ attachment_size=’medium’ align=’center’ animation=’no-animation’ styling=» hover=» link=» target=» caption=» font_size=» appearance=» overlay_opacity=’0.4′ overlay_color=’#000000′ overlay_text_color=’#ffffff’][/av_image]

Éste es -a ojos de los químicos- su aspecto.

Un poco de Oxígeno, algo de Nitrógeno, bastante de R que representa a los hidrocarburos alifáticos, o sea, Carbono e Hidrógeno, lo que quiere decir que, en el dibujo anterior, cada vez que vemos una R, estamos viendo esto

[av_image src=’http://mercemartiarolas.com/wp-content/uploads/2017/01/hidrocarburos-300×226.png’ attachment=’1355′ attachment_size=’medium’ align=’center’ animation=’no-animation’ styling=» hover=» link=» target=» caption=» font_size=» appearance=» overlay_opacity=’0.4′ overlay_color=’#000000′ overlay_text_color=’#ffffff’][/av_image]

Las endorfinas, después del estrés, después de haber estado expuestos al poder arrollador de la adrenalina, nos relajan, tranquilizan, nos proporcionan un bienestar muy gratificante… Son las «hormonas de la felicidad» y las almacenamos en el hipotálamo, liberándolas a través de la médula espinal.

En resumen, el «subidón» que nos proporciona ser «protagonistas» depende de unas glándulas que están por encima de nuestros riñones, y la «paz» que vivimos cuando el espectáculo termina, depende de nuestro hipotálamo… Todo es un ir y venir de Carbono, Hidrógeno, Nitrógeno y Oxígeno. Y este ciclo es tan intenso, fantástico y seductor, que ejerce, prácticamente sobre cualquiera que lo experimente, una auténtica «adicción». Vivido una vez, queremos repetirlo.

[av_gallery ids=’1362,1361′ style=’thumbnails’ preview_size=’portfolio’ crop_big_preview_thumbnail=’avia-gallery-big-crop-thumb’ thumb_size=’portfolio’ columns=’5′ imagelink=’lightbox’ lazyload=’avia_lazyload’]

[av_gallery ids=’1367,1366,1365,1364′ style=’thumbnails’ preview_size=’portfolio’ crop_big_preview_thumbnail=’avia-gallery-big-crop-thumb’ thumb_size=’portfolio’ columns=’5′ imagelink=’lightbox’ lazyload=’avia_lazyload’]

[av_gallery ids=’1348,1352,1355′ style=’thumbnails’ preview_size=’portfolio’ crop_big_preview_thumbnail=’avia-gallery-big-crop-thumb’ thumb_size=’portfolio’ columns=’5′ imagelink=’lightbox’ lazyload=’avia_lazyload’]

PERO LLEGA UN MOMENTO EN QUE TODO TERMINA. Las luces se apagan, la gente se va. El «show» ha llegado a su fin, la adrenalina se ha esfumado y las endorfinas se retiran a su almacén. Todo lo que empieza, acaba. 

salas vacias

 

HE VISTO A «ESTRELLAS» EN PANTUFLAS. Es el tiempo del BACKSTAGE profundo. Regresamos a la vida corriente, a los días sin focos ni público. Y este es, realmente, un tiempo tan necesario como inevitable, porque el «espectáculo» no es eterno ni permanente, porque también en esto existe la alternancia.

Situados detrás del «escenario», llegan las horas de trabajo. Del «otro» trabajo. Del trabajo en silencio, poco ruidoso. Es el tiempo de «ver», «mirar», «oír», «escuchar»… Es el tiempo de «pensar». 

EN OCASIONES, HAY CIERTA RESISTENCIA A OCUPARSE EN EL «TIEMPO DEL PENSAMIENTO». Parece que el tiempo se vuelve más lento y plomizo, que no hay «efervescencia» en las horas que pasan, en los minutos y segundos que caminan, pesadamente, por los relojes y las cabezas… No es raro que, entonces, nos demos «a la fuga».

No, no se trata únicamente de encontrar mil cosas que hacer, distintas de aquello que, sabemos, es nuestro trabajo esencial: nuevas canciones para nuevos discos y conciertos, nuevos textos para nuevos libros, nuevas formas de impartir un temario en el aula, nuevas formas de impartir terapias, nuevos talleres y conferencias…  Esto es lo que tenemos que hacer. Lo sabemos y lo queremos hacer. Pero nos entretenemos en otros asuntos, nos perdemos, a menudo, en los reflejos pálidos del escenario que, en algún momento, hemos ocupado…, y así, casi cada nuevo acto que acometemos guarda relación con las luces que nos han iluminado, con las ganas de que los focos nos alumbren de nuevo, y no tanto con «aquello» que vamos a hacer, el día que volvamos a escena, en esa escena. Nos dispersamos en el universo «promocional», en la periferia de la creación sustancial.

EL BACKSTAGE ES, INTUYO, OTRA COSA. Probablemente, todos lo sabemos, todos lo conocemos porque lo hemos visitado, porque lo hemos «vivido». El Backstage es un espacio entre nuestro cerebro y nosotros mismos, un espacio sin luces, sin testigos, sin fuegos artificiales… Como no es ruidoso ni deslumbrante…, su seducción es sutil y requiere, de nosotros, atención y concentración. Pero ahí está el germen de la «creación». 

SE ME HA OCURRIDO VISITAR EL PAISAJE DEL PENSAMIENTO. Se me ha ocurrido que, quizás, sí hay fuegos de artificio cada vez que nos ponemos a pensar, a crear… Otra cosa es que yo no lo sepa, que quizás, muchos no lo sepamos, o que, simplemente, no seamos conscientes de lo que pasa «ahí» dentro, en nuestras cabezas, o que no recordemos lo que quizás aprendimos en el colegio…  Y, tal vez, si comprendemos y «vemos» la fiesta de luz que se produce cuando «pensamos», nos enamoremos de este otro escenario y sepamos crear una «adicción» a él, en su estado puro, adicción al fascinante universo de nuestro backstage personal e intransferible, mental.

En ese órgano llamado cerebro hay 1.000 millones de neuronas por cada milímetro cuadrado. Eso dicen los expertos. Por una limitación estrictamente personal, me resulta… inimaginable.

[av_image src=’http://mercemartiarolas.com/wp-content/uploads/2017/01/CEREBRO-FOTO-200×300.jpg’ attachment=’1383′ attachment_size=’medium’ align=’center’ animation=’no-animation’ styling=» hover=» link=» target=» caption=» font_size=» appearance=» overlay_opacity=’0.4′ overlay_color=’#000000′ overlay_text_color=’#ffffff’][/av_image]

Las neuronas son células del sistema nervioso con una gran excitabilidad eléctrica y las hay de distintos tipos.

Estos millones y millones de neuronas, se comunican entre sí. «Hablan» las unas con las otras en una reacción electroquímica que crea y recrea, una y otra vez, circuitos y conexiones. A este «diálogo electroquímico» se le llama Sinapsis, y, cuando «pensamos», en nuestro cerebro ocurren cosas tan extraordinarias como las que podemos ver aquí…

[av_video src=’https://youtu.be/XTFUOkAH5MY’ format=’16-9′ width=’16’ height=’9′]

¿NO ES ACASO MÁGICO LO QUE OCURRE EN NUESTRO BACKSTAGE MENTAL?, ¿ACASO NO TIENE LUZ Y ARTIFICIO?. Son exactamente estas cosas las que ocurren cuando «creamos». 

Así pues, seamos generosos con nuestro tiempo de Backstage. Disfrutémoslo. Ocupémonos de aquello que es esencial. Creemos. No nos distraigamos con excusas. ¡Prendamos la mecha de la sinapsis!. Y cuando tengamos, de nuevo, algo que ofrecer, entonces volverán los días de escenarios, focos y público…

 

 

 

 

DE INADAPTACIÓN, DE ESCRITORES Y DE ESCRITURA… (agradecimientos a Paul Auster)

HOY, EN FACEBOOK, UN «AMIGO» DE LA RED HA ADVERTIDO que «se cargaría» a la siguiente persona que compartiese con él un mensaje de autoayuda. Me he sonreído y, por supuesto, he ideado un «falso mensaje de autoayuda», bastante estúpido, y lo he compartido con él. Entonces, ha bromeado conmigo, anunciándome que «se me había cargado», y nos hemos enredado en un par más de «falsos mensajes de autoayuda», uno suyo y otro mío. Bueno, han sido unas risas y, por un rato, me he sentido «dentro» del grupo de los que no soportan el espíritu de «la felicidad imperante en las redes sociales».

Lo cierto es que cada vez estoy más convencida de que algo anda mal en mí. Cada vez estoy más segura de que estoy enferma, de que soy una inadaptada.

Es inevitable que lo crea porque, a mi alrededor, hay personas que hablan, a diario y con entusiasmo, de la «conciencia propia», de buho-autoayuda«alcanzar los objetivos», de «ser feliz», e insinúan -o incluso revelan- secretos para conseguir todo eso y mucho más. Confieso que les envidio cuando les veo celebrar cada nuevo día, cada amanecer, cada anochecer, y dibujar corazones y flores, y «agradecer», permanentemente y en mayúsculas, todo cuanto son ellos mismos y todo cuanto la vida es. Sonríen, explican fábulas aleccionadoras, reproducen memes esperanzadores…, mensajes de autoayuda. Les veo convencidos de lo que hablan. Hasta parecen felices -aunque nunca estoy del todo segura de que realmente lo sean: supongo que mi desconfianza es uno de los síntomas de mi enfermedad-.

También es verdad que, a diario, tropiezo con otra clase de personas, muy distintas a las anteriores -ofrases-de-enfado-bonitas no tanto porque, a veces, son las mismas-, que están permanentemente enfadadas -muy enfadadas- con los demás, con lo que otros hacen o dicen. Son esas personas que afirman, por ejemplo, «sí, ya lo sé, soy una persona muy salomónica» -nunca estoy del todo segura de que realmente sepan lo que quiere decir eso de «ser «muy» salomónico»-, «para mí, todo es blanco o negro». Es su declaración de principios. Después, invariablemente, empieza el «ataque» al otro que, supongo, ha de ser un «otro blanco» o bien un «otro negro», en un mundo cromáticamente, a mi parecer, bastante limitado. Por lo general, terminan su discurso asegurando que quieren -y mucho-, a la persona que acaban de juzgar -y condenar-. Confieso que les envidio porque tienen una claridad meridiana en su manera de mirar el mundo -aunque nunca estoy del todo segura de que realmente lo estén mirando: supongo que mi desconfianza es otro de los síntomas de mi enfermedad-.

Quizás el síntoma más revelador de mi inadapatación -o uno de los más significativos-, es que paso mucho tiempo intentando ser parte del primer grupo de personas y paso otro tanto intentando ser parte del segundo, en un vaivén existencial al que le falta, tanto en una dirección como en otra, convicción. Creo que mis esfuerzos son sólo ganas de «pertenecer», pero, claro, siempre me quedo «fuera». Ni los unos ni los otros me llegan nunca a aceptar por completo, ni yo, realmente, me quiero quedar nunca ni con los primeros ni con los segundos. Y lo mismo me ocurre con terceras, cuartas, quintas o sextas «tipologías» humanas.

A menudo me he quedado «fuera» de cualquier grupo, en cualquier circunstancia, en todo momento y en cualquier lugar. De hecho, siempre he tenido la sensación de vivir «fuera» intentando estar «dentro». 

rockUn día, una vieja gloria del rock -no, no es Springsteen, ni Bono, sino una estrella local y menor pero muy, muy constante-, después de muchos años de habernos conocido, después de haberle acompañado -a él y a su banda- en unos cuantos conciertos, ocupando yo un lugar indefinido en el backstage, me miró a los ojos y me dijo  con su voz ronca: «siempre he pensado que tú no estabas dónde debías, que no eras de los nuestros…». Me sonrojé. Él tenía razón, pero no imaginaba que yo fuese tan transparente. 

Cuando me recuerdo en el colegio…, tampoco acierto a «verme» «dentro»  y sí bastante «fuera». 

Cuando me recuerdo en cualquiera de mis trabajos…, tampoco acierto a «verme» «dentro» y sí bastante «fuera».

Cuando me recuerdo en comidas y cenas…., tampoco acierto a «verme» «dentro» y sí bastante «fuera».

Incluso cuando me recuerdo en familias -he navegado por varias además de la propia-…., tampoco acierto a «verme» dentro y sí bastante «fuera» –siendo cuñada, pero poco, siendo nuera, pero poco, siendo prima, pero poco…, a veces, siendo hija, pero poco-.

buhoreloj

Pero sigo queriendo estar «dentro». Tanto es así, que he solicitado entrar en un grupo de coleccionistas de búhos. Han contactado conmigo hace apenas un instante. Todo ha ido muy bien. Hemos intercambiado unas fotos de algunos búhos. Me han dado la bienvenida…., pero…., bueno, a punto de estar «dentro», no lo estoy aún. Han contactado conmigo desde un móvil y necesitan estar con un ordenador para poder añadirme al grupo. O sea, que sigo «fuera»… Como siempre.

Es un poco inquietante esta manera de vivir. Un poco triste. Un poco desalentador, un poco desolador. Consiste en ir andando siempre, permanentemente, con la sensación de que, estando aquí, deberías estar allí o allá… Lo cierto es que cada vez estoy más convencida de que algo anda mal en mí. Cada vez estoy más segura de que estoy enferma, de que soy una inadaptada…

Al borde de las lágrimas -o del psicólogo-, en medio de estas reflexiones, me he paseado por el paisaje de mis escritores favoritos.

Como lectora, entre escritores, estoy «dentro», pero también «fuera» porque ellos -al menos, la mayoría- no saben que yo existo. Y como escritora, ando fabricándome…, así que, de momento, estoy «dentro» porque escribo y también «fuera» porque sigo persiguiendo mis nuevos relatos, para un nuevo libro, y soñando a mis futuros lectores.

Pero, ¡ah!, la Literatura… Una vez más me ha salvado de melancolías y tristezas, ha secado lágrimas, ha alimentado mi ánimo  y alentado mi espíritu. ¡Ah!, la Literatura me ha devuelto a Paul Auster (1947), «mi» Paul Auster. 

A Auster le debo lecturas apasionantes y apasionadas, lecturas a propósito del universo fluido de las casualidades, lo cotidiano penetrando en lo esencial y sustancial… «El país de las últimas cosas» (1987), «El cuaderno rojo» (1993), han sido, son, parte de mi escuela. 

Un vídeo de Paul Auster, una entrevista suya, me ha hecho comprender que, tal vez, quizás, después de todo, sí estoy «dentro» de alguna parte, sí pertenezco a un lugar y sí formo parte, con otros humanos, de «algo»… LA ESCRITURA.