PINOCHO LE ESPERA EN CASA…

A continuación, un cuento. Un borrador de cuento.maquina-de-escribir

La escritura surge, en ocasiones, de repente. La realidad y sus detalles, sus pequeñas cosas, la provocan. 

Hoy, en un día entre triste y alegre, entre silencioso y ruidoso, entre soleado y sombrío, ocupada en otros asuntos, en la lectura de textos ajenos, en el trabajo de otros, por un instante me he visto distraída, vagando por la casa, buscando algo sin saber el qué, nada físico, algo… algo.

Con una zozobra, una inquietud, una agitación en la yema de los dedos…, así he salido al jardín. He mirado la calle. Arriba y abajo. Desierta. Ha pasado un coche. He dado media vuelta para entretenerme en mirar las plantas que, de momento, sobreviven al frío que, por fin, ha llegado a este lado del mundo. Y, entonces, al levantar la mirada, he visto a Pinocho, mi Pinocho, con la nariz pegada al cristal de una de las ventanas de mi casa. Me ha gustado mucho.

Se me ha ocurrido, así, aparentemente sin más, que tenía que escribir sobre la alegría que me ha producido el “encuentro” con la marioneta. “Algo” me decía que lo tenía que hacer.

He empezado escribiendo en primera persona. Pero no funcionaba. He borrado las pocas líneas escritas y me he hecho un café. He vuelto a empezar. Ahora, en tercera persona. Necesitaba escribir no desde un “yo” que me llevaría, directamente, a mi propia experiencia, y no era eso lo que quería. Necesitaba contar “otra cosa”. Sí quería aferrarme a Pinocho y al efecto que me había provocado, a la emoción feliz que me había despertado. Pero sólo como excusa para crear a “otra” persona, un personaje, y contar “otra” historia, su historia.

Finalmente, ha crecido el cuento que presento a continuación. Ha sido un ejercicio intenso. Me ha mantenido en la silla varias horas. He visitado a una mujer y un fragmento de su historia. Una pequeña, breve, exploración, por la tristeza y su cura. Y, curiosamente, si alguna sombra de tristeza me acechaba a mí en la vida real, se ha desvanecido mientras a mi protagonista se le desvanecía la suya. Estas cosas, casi mágicas, suceden con la escritura y con los juegos de percepciones que crea, con las oportunidades que escribir ofrece de mirar cualquier cosa desde otra parte, desde fuera de uno mismo aunque, tarde o temprano, uno vuelva a uno mismo…

CUENTO:

                                                                                             PINOCHO LE ESPERA EN CASA…

BRILLABA EL SOL Y SOPLABA VIENTO DEL NORTE. Ella caminaba con paso rápido, jugando disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran la alfombra de las aceras. Caminaba encogida en sí misma, con las mejillas frías, la nariz helada. El pañuelo que volteaba su cuello, volaba, y ella lo sujetaba como cometa prendida a su cuerpo… Caminaba poniendo cuidado en evitar las calles dónde tropezarse con conocidos. No era difícil. Las calles estaban desiertas y podía esquivar las dos únicas en las que se podía encontrar con alguien a quien tener que saludar y sonreír; no necesitaba pisarlas para llegar a casa. Un alivio. No andaba con ganas de saludar. No andaba con ganas de sonreír. No andaba con ganas de otra cosa que no fuese jugar disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran alfombra en las aceras…

Llevaba días con el espíritu ausente, la mirada triste. Sería melancolía. Sería que el día se vestía de noche a media tarde…

“¿QUÉ TE PASA?”, le había preguntado su marido, con algo de insistencia y un poco de impaciencia, la noche anterior. “Yo que he llegado tan contento…”, se lamentó.

Ella estaba acostada, aunque era temprano, cuando él entró de la calle. Ahora, su lamento la entristeció todavía más y sintió deseos de saltar de la cama y sonreír, de cascabelear a su lado, de preguntarle cómo le había ido el día… Pero no se movió. Siguió acostada, con la tele encendida frente a la cama. “¿Qué te pasa?”, le volvió a preguntar él desde el umbral de la puerta del dormitorio. Ella se encogió de hombros e hizo un mohín de niña. “No sé”, dijo, “estoy triste”. Pero sí sabía. Sabía que no quería preguntarle cómo le había ido el día porque él diría “Muy bien. Bien. Muy bien”, y añadiría, “Ya te dije que hay que hacer las cosas bien, que si las cosas se hacen bien, salen”. Y ella pensaría “se cree que soy idiota. Si soy yo la que siempre le he dicho que las cosas hay que hacerlas bien para que salgan…”, y se enfadaría por el paternalismo con que él la trataba, y lo pensaría y no lo diría porque, si lo decía en voz alta, él contestaría, un poco exaltado, “¿pero quién te trata de idiota?, ¿quién?, ¿no ves que te lo dices tú sola?”, y se iría refunfuñando por el pasillo. “Así no se puede vivir”, le oiría murmurar.

No le faltaba razón. “Así” no se podía vivir. Pero se vivía. Los dos vivían así.

Pasada la medianoche, él se acostó también. “¿Todavía me quieres?”, le preguntó. Ella asintió, incapaz de decirle que sí, que le quería muchísimo, que de tanto quererle, se sentía, poco a poco, morir… El colchón se hundía en la mitad y terminaban los dos con dolor de riñones. Habían aprendido a alejarse el uno del otro, a buscar un equilibrio incómodo, cada cual en su lado de la cama. En algún momento de la larga noche, antes de que el insomnio la asaltase, sus pies se rozaban. Era un consuelo. Entonces llegaba el insomnio, el cosquilleo en las piernas, la pena, la angustia, y esa tristeza más intensa ahora de lo que había sido en todo el día. Terminaba levantándose, acariciando la pierna de él, por encima de la sábana, antes de salir de la habitación y ponerse a recorrer la casa dormida, empeñada en capturar sus sonidos: el crujir del suelo, el zumbido de la nevera…, o un búho solitario en los árboles vecinos.

Ya por la mañana, aquella mañana, él se levantó primero y la encontró dormida en el sofá. La besó y se fue. Un rato después, ella se levantó también, se lavó los dientes, se vistió unas mallas viejas, una camiseta vieja, se abrigó con un jersey de lana y se envolvió el cuello con un pañuelo. Salió a la calle. Tenía que ir a la única oficina bancaria del pueblo. Habían acordado que ella retiraría de la cuenta 20 euros y que dejaría los 40 restantes para que él, que había bajado a la ciudad, pudiese sacarlos si los necesitaba. Ella no gastaría ni un euro. Guardaría los 20 en la cartera por si había una emergencia… Y, ahora, volvía a casa.

BRILLABA EL SOL Y SOPLABA VIENTO DEL NORTE. Ella caminaba con paso rápido, jugando disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran la alfombra de las aceras. Caminaba encogida en sí misma, con las mejillas frías, la nariz helada. El pañuelo que volteaba su cuello, volaba, y ella lo sujetaba como cometa prendida a su cuerpo… Caminaba poniendo cuidado en evitar las calles dónde tropezarse con conocidos. No era difícil. Las calles estaban desiertas y podía esquivar las dos únicas en las que se podía encontrar con alguien a quien tener que saludar y sonreír; no necesitaba pisarlas para llegar a casa. Un alivio. No andaba con ganas de saludar. No andaba con ganas de sonreír. No andaba con ganas de otra cosa que no fuese jugar disimuladamente con las hojas muertas que, secas, eran alfombra en las aceras…

Llevaba días con el espíritu ausente, la mirada triste. Sería melancolía. Sería que el día se vestía de noche a media tarde…

ABRIÓ LA PUERTA DEL JARDÍN y la abrumó el desorden de hojas en el suelo, la manguera revuelta, las macetas con plantas muertas… Levantó la mirada buscando el consuelo del cielo y se vio frente al cerezo japonés que, pese al frío, seguía alimentando hojas nuevas, pequeñas, bonitas y vigorosas. Por primera vez en días, una mueca que imitaba a una sonrisa, asomó a sus labios. Y, entonces, lo vio. Ahí estaba Pinocho, al otro lado de la ventana, la nariz contra el cristal. Le pareció bonito, tierno. La marioneta le sonreía. Pinocho… Suspiró fuertemente y algo malo, feo, la abandonó. El pecho se le ensanchó. Los pies pisaron el suelo firmes, felices… Sonreía, ahora sí, y saltó ligera los dos escalones que la separaban de la puerta de la casa. Entró y levantó persianas y abrió ventanas. Ya era hora, pensó… No… Ya era hora, sintió, de poner manos a la obra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE AMIGOS REALES Y AMIGOS VIRTUALES: “BUENO, NADIE ES PERFECTO”

Tengo unos cuantos amigos “virtuales”. 1.103. En Facebook. Y estoy muy contenta.  De estos 1.103, unos cuantos los conozco en el mundo “real”. Proporcionalmente, son unos pocos. A la mayoría los he conocido dentro del mundo “virtual”. 

Diferenciar entre mundo “real” y mundo “virtual”, empieza a aburrirme un poco. Creo que me aburre porque, a estas alturas, ambos mundos conforman, ya, uno solo, y me suena a rancio empeñarse en que son mundos distintos y más rancio me suena empeñarse en distinguir si uno es mejor que otro. En cualquier caso, yo vivo en ambos, y puesto que mi vida es una, vivo en un solo mundo. No sé si me explico.

Creo entender que el -para mí- “conflicto imaginario” entre lo real y lo virtual tiene mucho que ver con los progresos tecnológicos que han ido -y van- varios pasos por delante de los “mapas mentales” de muchos de nosotros, sobretodo de los que crecimos en un mundo sin móviles ni ordenadores personales, que usábamos cabinas telefónicas y bibliotecas, y que nos hicimos adultos con la explosión de teléfonos de medio quilo y ordenadores con pantallas verdes. Ahora usamos smartphones y portátiles constantemente. Y, además, llegó Internet. Del remoto Arpanet, la red de redes se socializó y globalizó -más o menos-, así que también somos usuarios de esa biblioteca ambulante que llamamos “buscadores”.

¡¡¡Ah!!!, ¡¡¡cuántas cosas llevamos en el bolsillo!!!, ¡¡¡”cabinas telefónicas” en miniatura y “bibliotecas” ambulantes!!!. Personalmente, me entusiasma, un entusiasmo que nace a cambio de ir modificando, gradualmente -y, por mi parte, sin demasiada resistencia-, una manera de entender y concebir el mundo y, especialmente, la relación entre nosotros, los humanos.

No sé situar fronteras cronológicas precisas, porque me he encontrado con gente de mi década (50) muy avezada en estas “cosas” de la tecnología y la comunicación, y con gente más joven (20) muy torpe en esta materia, y lo mismo a la inversa, así que, incluso para ciertos convencionalismos asociados a la edad y a los usos y costumbres según la década de tu vida en la que estés, el “nuevo” mundo se carga arquetipos  -lo que, por cierto, multiplica mi entusiasmo por la realidad que me está tocando en suerte vivir-. Sí tengo la impresión, sin embargo, que ese empeño preocupado por diferenciar lo “real” de lo “virtual” está en manos, principalmente, de las gentes de mi generación y alrededores -sólo es una impresión personal…-.

Pues bien, en todos los entornos en los que yo he usado y uso tecnología y redes, tanto en lo profesional como en lo personal, las he disfrutado y disfruto mucho. Intento imaginar algún inconveniente…. y, así, a voz de pronto, no, no se me ocurre ninguno.

Un correo me permite reflexionar atentamente lo que quiero decir y leer, atentamente, lo que me quieren decir. Y si queda algún punto impreciso en la escritura, el móvil me permite conversar con el interlocutor para, de viva voz, aclarar el punto impreciso. Perfecto.

Cuando camino por la calle, como siempre atenta y curiosa por cuanto veo y encuentro -ya caminaba así antes de Facebook-, si tropiezo con algo, a mis ojos interesante, puedo fotografiarlo y compartirlo en las redes, en un instante, pensando especialmente en aquellos amigos míos que las habitan -las redes-, y con los que hemos creado un juego de intereses parecidos. Tengo, por ejemplo, una “amiga virtual” que a diario retrata y comparte “sus” cielos. Pienso en ella muchas veces cuando un cielo me sorprende y decido, yo también, compartirlo. Intercambiamos “likes” o “me encanta”, y, de vez en cuando, introducimos algún comentario adicional. Además, se unen al diálogo otras personas que salen de alguna parte, que son “amigas virtuales” suyas o mías, o vete a saber de quién, y que introducen también sus “likes” y sus comentarios. Es una comunidad muy agradable y singularmente unida, muy bien conectada. Por cierto, a la “amiga virtual” que inspira mis cielos, no la he visto nunca personalmente.

Tengo un “amigo virtual” en Japón. Sus fotografías son, a mi parecer, excepcionales, ocurrentes, brillantes, coloristas. Él me anima a probar otros enfoques para mis propias fotos, y si intercambiamos algún comentario, además de los consabidos “likes”, al menos yo he de usar un traductor porque, de momento, no me manejo en japonés -sospecho que él tampoco se maneja en castellano-. Y no importa que no compartamos idioma, ni que vivamos a unas 20 horas de avión. Somos “amigos” porque compartimos un interés común, la manera de mirar y reconstruir lo que vemos en el mundo real que habitamos, cada uno en su origen geográfico, a esas 20 horas de avión.

Cuando en marzo de este año, hubo atentados en Bruselas, gracias a las redes pude saber que una amiga “real” y su familia estaban bien, buscando el modo de regresar a casa, y pude saber también que un amigo belga -al que conozco personalmente-, usuario habitual del metro en el que habían explotado las bombas, estaba a salvo. Lamentando aquel horror, supe, casi inmediata y virtualmente, que estas personas queridas estaban bien.  

Felicito santos y cumpleaños y soy felicitada también, y además de muy buenos deseos -¡qué mejor que dar y recibir buenos deseos!-, recibo un vídeo de Janis Joplin el dia de mi santo, un vídeo que, alguien, una persona en alguna parte, una persona que es amiga “virtual”, ha pensado que a mí me podía gustar, y lo ha buscado expresamente para mí, y todo porque tenemos una “amistad” llena de complicidades musicales y estéticas, porque eso es lo que compartimos, porque no, tampoco nos hemos visto en el mundo “real”, y es importante decir que esas complicidades musicales y estéticas no son sólo apariencia, no. Hablan de cómo somos, de cómo pensamos, de cómo miramos el mundo y de cómo intentamos vivirlo. No es asunto baladí…

Me he reencontrado con personas “reales” del pasado, compañeras de colegio de las que nada sabía desde hacía, no sé, 25 ó 30 años. No éramos íntimas, evidentemente, de ahí que perdiésemos el contacto cuando abandonamos el colegio en el que habíamos vivido desde los cuatro años. Y, ahora, gracias a las redes, no sólo sabemos las unas de las otras, sino que hemos descubierto lo que no descubrimos compartiendo pupitre: que tenemos un sentido del humor parecido, que nuestras vidas, aunque distintas, han sido y son similares, que tenemos intereses comunes… Hemos reinventado nuestra relación desde la perspectiva nueva del tiempo, y estamos, gracias a las redes, más cerca ahora de lo que nunca lo estuvimos antes. Así compartimos los viajes que hacemos, las tardes de domingo en el sofá o nuestras andanzas profesionales… Pudimos compartir la despedida prematura de una compañera que se ha ido demasiado pronto… -además, quienes pudimos, sí estuvimos también personalmente en su adiós-.

En las redes veo como muchas personas, mis “amigas”, comparten sus pensamientos y reflexiones, sus enfados y preocupaciones, supongo que con esa pizca de vanidad por tener algo de público al que dirigirse, pero, sobretodo, aprovechando que han encontrando un espacio en el que tener voz -lo que no ocurre tan fácilmente en según que otros entornos-.

Hay quienes comparten recetas de cocina, vídeos de gatos o perros, artículos de prensa, pinturas, video-clips de los 80, juegos del tipo “tu nombre en élfico significa…”, consejos para ser felices, talleres con cuencos tibetanos, fotos de Paul Newman, memes variados, escritores y jams, músicos y jams, bebés recién nacidos, los jueves fotografías de paellas, puestas de sol, amaneceres, planos con un “estoy aquí”…  Como dice un amigo mío -amigo en el mundo “real” y en el “virtual”-, en Facebook (y en las redes en general) “hay mucho ruido”, lo que no me parece que sea un problema: sabiéndolo, se trata de poner oído, eso de la “escucha activa” aplicado a este universo del que somos protagonistas y espectadores.

Profesionalmente, las redes me ayudan a explicar, mejor o peor, qué hago y qué quiero hacer. Comparto mi actualidad, presento mis servicios, y conecto a un nivel muy interesante con quienes empiezan siendo clientes potenciales y terminan siendo personas con las que intercambiar información, conocimientos y aficiones. Me encuentro con otros profesionales, puedo ver su trabajo y ellos pueden ver el mío. Podemos comentarlo. Sí, sospecho que alguna vez me han “copiado” ideas, pero no importa demasiado. Seguramente, ni esas ideas eran originalmente mías, así que también yo debí copiarlas a alguien en alguna parte.

Nunca he eliminado a nadie de mis redes -miento, bloqueé a un tipo que quería saber si estaba casada y que le mandase fotos mías, y  a una chica que se ofrecía a enviarme fotos suyas por privado; ellos son los dos únicos tropiezos en mi manera un tanto indiscriminada -sólo un tanto-, de aceptar amigos-. A mí sí me han eliminado y bloqueado. Y me parece bien. No se trata de molestar a nadie. Si a mí hay alguien con quien no comparto apenas nada o que, incluso, me produce cierto disgusto, me basta con no dar “likes” a sus publicaciones: el mismo sistema se encarga de que esa persona se diluya en la red. No sé porqué, pero me sabría mal “echarles” de mis contactos, me parecería una grosería, un gesto prepotente, una insolencia y, además, extrañamente, incluso en aquellos “amigos” de la red con los que nada comparto, incluso en aquellos que me inspiran un sentimiento de rechazo, a veces, inesperadamente, encuentro una publicación que me resulta interesante, sugerente, inspiradora -y no quisiera perdérmela-.

En las redes acostumbramos a ser todos felices. Hay emoticonos de enojo cuando se inviste un presidente o cuando se habla de independencia -según el color ideológico de cada cual-. Hay emoticonos llorando cuando se trata de recordar a las víctimas de las guerras que hay por el mundo, o se mata a mujeres, o se discrimina a algunos niños, o se desahucia a una familia… Pero cuando reaparecen nuestros rostros, generalmente acostumbramos a ser todos felices. Y me parece bien. Me parece bien que expresemos nuestro disgusto por un mundo que no nos gusta y me parece bien que, pese a todo, ofrezcamos, de nosotros mismos, nuestro lado feliz. Hay, quizás, un punto incoherente entre lo uno y lo otro, pero, bueno, al fin y al cabo, en el mundo “real” tampoco es que haya un grado mayor de coherencia. Será cuestión de ir caminando hacia, como dice una profesora mía, la “congruencia interna” para ir conquistando la “congruencia colectiva”.

Y, naturalmente, sigo pisando la calle, tomando café con otras personas, yendo al cine o al teatro, disfruto de mis viajes en tren, releyendo a Raymond Carver con el traqueteo del vagón… Sigo dando la mano, algunos besos, varios abrazos… Sigo con algunas preocupaciones y unas cuantas satisfacciones… Sigo con el coche estropeado, mientras he conseguido que la impresora vuelva a funcionar después de un leve colapso. Y todo ello, “real”, se filtra y expresa en lo “virtual”, mientras lo “virtual” se filtra y expresa en lo “real”, en una relación recíproca, una comunión que me hace pensar que “la mentalidad de aldea” está cambiando. 

Ryszard Kapuscinski (1932-2007), periodista, historiador, escritor, poeta  y ensayista -Wikipedia “dixit”-, teorizó sobre “la mentalidad de aldea”, la manera cómo se configuró el “mapa mental” que muchos compartimos todavía: pensamos, aún, en sociedades de tamaño pequeño, con un contacto personal y directo entre individuos, el de esa “aldea” original en la que discurría el día a día, dónde se resolvía la provisión de comida y las necesidades de relación y afecto. Pero la sociedad ya no tiene un tamaño pequeño. O sí, la sociedad sigue teniendo ese tamaño pequeño, la aldea de la que forma parte la familia, la vecina embarazada de la casa de al lado, la panadera, el farmacéutico, la médico de cabecera, el taxista…, sólo que la aldea se extiende a vecinas embarazadas que viven en una casa de al lado que, sobre un mapa, hemos de situar al lado de la frontera de…, no sé, Armenia -sí, tengo una amiga “virtual” embarazada que vive en Armenia y una vecina embarazada en la casa que veo desde la ventana de la mía-.

La “aldea” ocupa el mundo entero. Pero, ¿acaso no fue siempre así?. Sólo que ahora, además de saberlo, lo “vemos”, lo “compartimos”, le damos likes, le colocamos emoticonos, lo comentamos… No, no es un sistema perfecto. Pero ya se lo decía Joe E. Brown a Jack Lemmon, en la escena final de “Con faldas y a lo loco”: “Bueno, nadie es perfecto”. ¿No?.